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El nuevo evangelio político, la columna de Fernando Tuesta

El movimiento evangélico peruano ha conseguido que el 31 de octubre sea declarado oficialmente nada menos que el día de las iglesias evangélicas

Alberto Santana, Iglesia El Aposento Alto, Alianza Lima, Estadio Alejandro Villanueva

Alberto Santana es el fundador de la iglesia El Aposento Alto. (Captura: YouTube)

Alberto Santana es el fundador de la iglesia El Aposento Alto. (YouTube)

A 500 años del nacimiento del protestantismo, el movimiento evangélico peruano ha conseguido que el 31 de octubre sea declarado oficialmente nada menos que el día de las iglesias evangélicas. Esto no pasaría de ser anecdótico en la lista de leyes carentes de sentido, si no fuera por que dichas iglesias concentran nada menos que quince parlamentarios de diversas bancadas donde su punto de referencia principal son sus iglesias y no sus respectivos partidos.

En general los evangélicos han crecido en número (17% de los peruanos) con fuertes raíces en sectores pobres, en un momento en que la Iglesia Católica (76%) ha perdido feligreses, de la mano de una infeliz participación de Juan Luis Cipriani a la cabeza del Arzobispado de Lima y las acusaciones de abusos sexuales (p.e. Sodalicio), algunos de los cuales habrían sido encubiertos por la Iglesia Católica.

Centran su presión en los temas de salud y educación, siendo los abanderados de los llamados valores por la vida y la familia, combatiendo particularmente la llamada “ideología de género”, logrando éxitos como haber contribuido a la caída de los ministros de Educación Jaime Saavedra y Marilú Martens.

Si bien no se puede hablar de una iglesia evangélica sino de iglesias evangélicas, en nuestro país se reproducen las divisiones y conflictos como en otros países, lo que no ha evitado una real penetración en la política peruana. Esto debido a su necesidad de hacer más visible su visión religiosa de la vida. Sin embargo, donde hay un campo de encuentro común entre los sectores más conservadores de las dos corrientes cristianas, la católica y evangélica, es en su acérrima y agresiva oposición a la comunidad LGTBI y la igualdad de género.

Es, pues, este el signo mayor del evangelismo político actual, su vena altamente conservadora y su necesidad de incursionar fuertemente en la arena política. Para ello han puesto a su disposición sus locales, recursos y, sobre todo, sus feligreses. No por gusto Pedro Pablo Kuczynski, en la campaña del 2016, se reunió con los líderes del Concilio Nacional Evangélico (Conep) y de la Unión de Iglesias Cristianas Evangélicas del Perú (Unicep), y Keiko Fujimori firmó un compromiso público con la Coordinadora Cívica Cristiana Pro Valores (CCCPV), presidida por el pastor Alberto Santana Leyva, de la Iglesia El Aposento Alto (Independencia).

Por ahora sus quince parlamentarios están presentes en tres bancadas parlamentarias. Estas organizaciones que muestran signos exteriores de riqueza han borrado claramente la frontera entre iglesia y partido político. El tema es que una de las fuentes prohibidas del financiamiento partidario son “las confesiones religiosas de cualquier denominación”. Parece no importarles. Por ahora van por más. Alberto Santana encabeza la formación del partido Perú Nación Poderosa, con miras a próximos procesos electorales. Si el pastor Humberto Lay, de Restauración Nacional, presidía un partido acotado, los evangélicos conservadores quieren uno de masas. Los controles han sido rebasados. Más si se tiene tantos parlamentarios y tantos compromisos incrustados en el Congreso.

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