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Retratos de un país adolescente, la columna de José Carlos Requena

El comportamiento de los principales actores políticos hace que, inevitablemente, se piense en aquella etapa del desarrollo del ser humano signada por actos de inmadurez

Martín Vizcarra, Keiko Fujimori

Adolescente es el accionar de Keiko Fujimori y su entorno, que terminan desprestigiando el diálogo reservado, un aspecto fundamental y longevo de la actividad política.. (Composición: El Comercio)

Los últimos días han estado signados de una contienda tan cruenta y estéril que es difícil no sucumbir al desánimo y la desolación. El comportamiento de los principales actores políticos hace que, inevitablemente, se piense en la adolescencia, aquella etapa del desarrollo del ser humano signada por actos de inmadurez, poco consciente de su pasado o sus límites, en búsqueda de una identidad propia.

Adolescente es, por ejemplo, el accionar de Keiko Fujimori y su entorno, que –en aparente incumplimiento de un (innecesario) acuerdo y reclamando buscar la verdad– terminan desprestigiando el diálogo reservado, un aspecto fundamental y longevo de la actividad política. Más parecen haber pesado algunas consideraciones momentáneas o subalternas. Un inevitable resultado de este irresponsable manejo será el serio deterioro de la confianza que ella y su agrupación podrían merecer entre sus contrapartes, lo que le agregaría a Fuerza Popular un aislamiento mayor que el graficado en la actual Mesa Directiva del Congreso.

Adolescente es también la respuesta del presidente Martín Vizcarra, que –aludiendo a figuras valiosas de nuestra historia– clamó en Tacna “no me doblegaré”. El ánimo reinante en las redes sociales, que le atribuía al presidente una imagen digna de un bar o una esquina (aquella alusión a que Vizcarra estaba “parao y sin polo”), es bastante elocuente.

Adolescente es la foto comedida de un encuentro partidario que recuerda a una instantánea de un baile de promoción, donde reina la armonía, en medio de gran distensión. Tras la revelación, días después, de lo tratado en dicha cita (incluyendo los pedidos de cambios al frente de la PCM), el pretendido gesto de apoyo de su bancada al mandatario termina pareciendo una emboscada.

Adolescente puede resultar el retorno de un líder partidario, “sin cargo ni protagonismo” –celebrada por sus tradicionales adláteres–, que parece creer que su agrupación política no sobrevivirá sin su tutela. ¿Una versión actualizada de las siglas Seasap, esta vez sin “e”: solo Alan salvará al partido?

Adolescente es el vergonzoso diálogo entre un ex presidente peruano, hoy requerido por la justicia, y Fernando Fernández, un comensal chileno que estuvo en el mismo restaurante que Alejandro Toledo, en Palo Alto, California. Quien lideró el retorno a la democracia al inicio del milenio hoy muestra su real rostro, aquel que las circunstancias políticas ocultaron oportunamente. “Apaga tu huevada”, dice el procaz ex mandatario al involuntario periodista, mientras rehúye las preguntas que permanecen sin respuesta.

A pocos días de cumplirse dieciocho años del inicio del fin del fujimorato –egolatría cinematográfica incluida–, el país no termina de salir de ese estado que Luis Alberto Sánchez planteó en 1958 en su ensayo “El Perú: retrato de un país adolescente”. Cuando faltan menos de tres años para llegar al bicentenario, nada indica que el país que vio Sánchez (y que parece persistir) adquirirá la madurez que su edad haría esperar.

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