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La noche en la que Tony Succar levantó —por fin— el Grammy, las luces de los reflectores iluminaron mucho más que el escenario del lujoso Staples Center de Los Ángeles. En algún lugar de Lima, en silencio, Noé Salvador sonreía, con ojos y puños cerrados, conteniendo la euforia mientras procesaba el hecho de que el impecable traje que abrazaba al músico peruano era también una pieza de su historia. La consagración del carismático artista fue, además, la confirmación de que la marca del diseñador, Gino Amoretti, estaba confeccionada para brillar.