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De la informalidad al trabajo legal: la ruta de un reciclador en Puente Piedra
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José Santos Infante Carrasco tiene la certeza de que algunas ediciones impresas de esta nota acabarán en su bolsa. Irremediablemente —opina el reciclador de 43 años—, todo lo que pasa por las manos de los puentepedrinos termina dentro de su motocarga. Plásticos, papeles, cartones, vidrios. Todo se almacena en sus bolsas verdes, todo de forma legal. Así trabaja desde hace casi cinco años, cuando decidió que no valía la pena terminar la jornada con cortes y heridas en las manos, pensando en hacerse una prueba de Elisa.
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Sobre sus hombros carga con la presidencia de la Asociación de Recicladores La Nueva Era de Puente Piedra —uno de los grupos formales de Lima Norte— y con la responsabilidad de ser el sustento de tres niñas pequeñas. Lo segundo pesa más que lo primero, dice. “El resto es llevar cosas de un lado para otro”. Y así lo hace de lunes a viernes, desde las ocho de la mañana hasta que está cerca de completar una tonelada de reciclaje. A veces por Los Portales de Chillón, otras por la urbanización Ribera de Chillón. Su uniforme no lo distingue de un recolector de basura, pero sí el saludo a cada vecino, de quienes recuerda nombres, rutinas y particularidades familiares.
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En la travesía lo acompaña un censista de la Municipalidad de Puente Piedra, con un croquis de las viviendas que se han sumado al reciclaje formal. Una manada de perros sigue sus pasos esperando comida, mientras, sentados en triciclos, algunos recicladores informales los observan desde las sobras. “Yo también fui informal, también tuve mis peleas, pero yo no rompía bolsa. Sacaba lo que necesitaba y luego volvía a embolsar. ¿No me cree? Hasta me he agarrado a golpes porque otros hacen eso, pero luego te das cuenta de que estás peleando por basura y ya no tiene sentido”.
Cuando la motocarga no enciende, la insistencia la vuelve a prender, aunque bien podría desarmarla y detectar el problema. “Yo era electricista de profesión”, dice Infante, egresado de Senati, quien llegó de Trujillo a Lima en busca de mejores oportunidades. Pasó por distintas empresas durante doce años hasta recalar en Provesur, donde tuvo su primer acercamiento al reciclaje reparando balanzas industriales. Entre mascarillas y turnos largos, cruzó miradas con una recicladora formal de Los Olivos, quien por un par de botellas más dos chapitas se llevó unos cuantos soles y el número de teléfono de Infante.

Un amor informal
La primera vez que Infante abrió una bolsa de basura lo hizo por amor a Alondra Samanés Núñez, su ahora esposa y heredera de una larga tradición recicladora. “Suegro reciclador, cuñados recicladores, mujer recicladora. Me dijo que si la amaba, lo demostrara. Y así fue”, recuerda. Como el primer año, cuando se escondía de sus antiguos compañeros de trabajo. Luego vino la liquidación, la compra de un terreno… y la vergüenza fue quedando atrás. El resto se dio con naturalidad: juntarse con más recicladores, formar una asociación, convertirse en padre.
El negocio fue revelándose como una empresa rentable. El PET (Polietileno Tereftalato, plástico común en envases) se vende a 0,80 céntimos el kilo; el plástico duro, a un sol; el cobre, a mejor precio. El cartón y el vidrio apenas dejan margen, pero en este oficio cada centavo cuenta. “Estoy pensando en comprar otra motocarga. Lleno esta, mi esposa viene con la otra, intercambiamos y ganamos”, dice con recelo, mientras recuerda la estafa que sufrió tras pagar la inicial de un vehículo que nunca apareció.

Antes de terminar la ruta recibe una llamada para recoger material de una empresa, otra fuente de ingreso donde el trabajo de todo un día se resuelve en un solo viaje. Luego emprende el camino a ver a su esposa, quien ahora administra el local, la venta del material y el rumbo de la asociación integrada por cinco miembros activos. “Falta una picadora de plástico, una compresora, una chancadora…”, menciona de una lista larga.
Al llegar al centro de acopio, lo espera el trabajo de días anteriores y también Rolando, quien, a falta de trabajo organiza cada residuo en su categoría. “La formalidad atrae más gente”, dice Infante mientras supervisa la descarga. Luego enciende otra vez la motocarga y vuelve a la ruta convencido de que no perderá el trabajo porque, entre los 233 kilos de basura que produce un limeño al año, siempre hay algo que rescatar, clasificar y convertir en ingreso.
Hasta noviembre de 2025, el mapa del reciclaje formal muestra 454 organizaciones y 5.134 recicladores en el país. Lima lidera con 2.019 personas y 127 organizaciones, el 39 % del total. Piura registra 546 recicladores; La Libertad, 309; Cusco, 231; y Arequipa, 215.

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