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Más allá de la formalidad: las anécdotas de los autores que recibieron un premio Nobel

A propósito del reconocimiento a Kazuo Ishiguro con el Nobel de Literatura 2017,  recordamos cómo algunos famosos autores marcaron con su personalidad las ceremonias de entrega del premio

La ceremonia del Premio Nobel no es tan sencilla como podría pensarse, pues está sujeta al protocolo que corresponde a las galas que preside su alteza real. La historia de tales rituales, sin embargo, no ha sido pareja.

En sus rituales no todo se ajustó siempre a la norma protocolar. Este ha contado con homenajeados ausentes, como Ernest Hemingway (1954) y Doris Lessing (2007), o escritores que rechazaron el premio, como Jean Paul Sartre (1964) o Boris Pasternak (1958).

Los galardonados de nuestra lengua también recibieron de dispareja manera el envidiable homenaje. 

La ceremonia real
El chileno Pablo Neruda, poeta de notoria filiación comunista, obtuvo el Nobel en 1971. Y aunque su vida fue un galanteo constante con la rebeldía, recibió el laurel cumpliendo de buen talante las normas convencionales. En sus memorias, Confieso que he vivido, relata que
la Academia Sueca lo alojó a él y a su esposa, Matilde Urrutia, en un espléndido hotel, desde cuyas ventanas se veía el Palacio Real. Con bastante humor, Neruda cumplió con ensayar previamente la ceremonia por varios días, todo filmado por una cámara de televisión, a fin de no equivocarse en el protocolo.

El día de la ceremonia, unas “rubias doncellas escandinavas” lo despertaron cantándole en el pasillo, y le llevaron el desayuno a la cama junto con un ramo de flores y velas encendidas. Ya en la  premiación, a la hora prevista, vestido con un impecable frac, Neruda relata que el monarca les dio la mano a todos los ganadores del Nobel, pero que él “me apretó la mano por más tiempo y me trató con evidente simpatía”. El poeta conjetura que tal cosa habría pasado por “una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares”.  

​Lo propio había hecho otra poeta chilena, Gabriela Mistral, que recibió el Nobel de Literatura en 1945. La Mistral acudió a la ceremonia con un traje de terciopelo negro y se sentó en el lugar de honor, separada de la familia real por una balaustrada de flores rosadas. Después de que Hjalmar Gullberg, el académico de turno, cumpliera con realizar el elogio de rigor y leyera algunos poemas de la chilena traducidos al sueco, la poeta leyó también algunos de sus versos y dio un pequeño discurso. Se le veía serena a pesar de lo imponente de la ceremonia. Pero tuvo una mínima variación del riguroso formulismo: se acercó a Gullberg y le dio la mano. Después se aproximó donde el rey Carlos Gustavo y recibió su premio. El diario El Mercurio chileno de la época consignó que, después, el rey y la poeta, sostuvieron “una prolongada conversación bajo el zumbido de las cámaras y el sonar de las trompetas”. No todo es, pues, tan rigurosamente cuadriculado.

Fuera del guión 
El español Camilo José Cela, eterno candidato al Nobel, obtuvo el laurel en 1989, justo cuando había declarado que “daría con gusto el dinero del premio con tal de conseguirlo”. El monto del estímulo depende de cómo hayan ido las finanzas de la Fundación Nobel, pero suele redondear los 10 millones de coronas suecas (el año pasado fueron 1,4 millones de dólares). El caso fue que Cela acudió a Estocolmo, participó de la ceremonia, pronunció un hermoso discurso donde advirtió que escribía “desde la soledad, desde ella pienso y trabajo y vivo”, pero no regaló el dinero del premio. Eso sí, acorde con su espíritu chispeante, soltó uno de sus famosos “tacos”. En la cena posterior a la entrega del galardón, la reina de Suecia le preguntó al escritor cómo se encontraba. Cela le respondió con una de sus frases típicas: “Jodido pero contento”. Dicen que la reina dejó en suspenso la mirada, para no hacer notar que lo había entendido todo.

El mexicano Octavio Paz, en cambio, cuando ganó el Nobel de Literatura de 1990, no bien llegando al Palacio de Conciertos, totalmente iluminado y lleno de claveles amarillos, señaló: “Esto es un poco como cuando uno era niño: los premios emocionaban, pero también causaban terror”. La Orquesta Filarmónica de Estocolmo procedió a tocar música del siglo XVIII y luego el académico Kjell Espmark, en correcto español, pronunció el discurso de bienvenida a Paz. Luego, el escritor recibió la medalla y el diploma de manos del rey de Suecia. Finalizando la ceremonia, entre los acordes del himno nacional sueco, los reyes abandonaron el escenario.

Fuera del edificio, un leve incidente rompió por momentos la ceremonia en agasajo de Paz. Un grupo de manifestantes expresaba, en las puertas del edificio, su disconformidad con los gastos que implican estas ceremonias, mientras la policía sueca permanecía impertérrita. La prensa poco después añadiría otro comentario de color: la organización del Nobel había sugerido que el cantante lírico José Carreras cantase en la etiqueta, pero un compromiso previo en la Ópera de Viena impidió que el poeta mexicano y el tenor español pudieran darse la mano.

La presencia en Estocolmo de otro premiado latinoamericano, Gabriel García Márquez, en 1982, izquierdista y amigo personal de Fidel Castro, produjo una leve ansiedad. Pero para sorpresa de todos, Gabo no dijo nada impropio llegado el día, como años después sí lo haría el dramaturgo británico Harold Pinter (2005), que le soltó una tremenda filípica a los Estados Unidos. En su discurso, el brillante narrador colombiano se limitó a darle loas a la poesía. Su mayor disonancia fue casi infantil. En vez de ataviarse con el frac de rigor, para presentarse ante el rey usó un terno de lino blanco llamado “liqui-liqui”, el traje de gala de su abuelo en sus años mozos y que suele utilizarse en las fiestas caribeñas. Su discurso, sin embargo, fue descrito como una pieza literaria. No hizo ningún reclamo de tipo político. Su amigo Fidel Castro, no se sabe si decepcionado por el dócil comportamiento de su camarada, reveló que lo que pasaba con Gabo era que tenía terror a dar discursos y que se pasó semanas buscando las palabras apropiadas. Como quien dice: “yo ya lo sabía”. 

Príncipe de Asturias 
Un comportamiento igualmente aplomado había tenido el guatemalteco Miguel Ángel Asturias cuando recibió su Nobel en 1967. En los días previos, la prensa de su país y las vitrinas de las bibliotecas y locales públicos difundieron profusamente sus fotografías, en comprensible orgullo porque un pequeño país sería ahora más conocido en todo el orbe. El día de la ceremonia Asturias mantuvo la serenidad. Le dio la mano al monarca y recibió los halagos de una decena de diplomáticos guatemaltecos que lo acompañaron. Solo se quebró al recibir el abrazo emotivo de su esposa, Blanca Mora y Araujo: una lágrima rodó por su mejilla, rota la emoción.

¿Qué pasajes para el recuerdo nos dejará la próxima premiación del Nobel? Pronto lo sabremos.

*Este nota fue publicada el 4 de diciembre del 2010 en la revista Somos.

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