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"Padre nuestro", por Renato Cisneros

Los hijos de sacerdotes empiezan a pelear por sus derechos

Renato Cisneros

"Padre nuestro", por Renato Cisneros (Ilustración: Nadia Santos)

"Padre nuestro", por Renato Cisneros (Ilustración: Nadia Santos)

Vincent Doyle es un psicoterapeuta irlandés que, a los 28 años, descubrió que su padrino, el padre John, un presbítero amigo de la familia, era en realidad su padre. Había crecido con esa sospecha, pero solo después de encontrar unas cartas reveladoras se atrevió a preguntárselo a su madre, quien se echó a llorar antes de confirmárselo.

El impacto de la noticia llevó a Vincent a buscar a Diarmund Martin, arzobispo de Dublin para contarle su historia. Con el apoyo de Martin fundó, en 2014, el portal Coping International, destinado a ayudar jurídica y civilmente a otros hijos secretos de sacerdotes que, al igual que él, crecieron ignorando la realidad de su origen y padeciendo una continua sensación de abandono, además de cuadros de depresión, ataques de ansiedad, aislamiento y dificultades económicas. El punto de partida de Vincent fue el siguiente: “Si solo el 1% de los 400 mil sacerdotes que hay en el mundo tuviera un hijo, habría como mínimo 4 mil personas que podrían necesitar ayuda”. 

En cuestión de pocos meses el portal –cuyo lema es “ser encerrado por un secreto puede tener efectos devastadores”– recibió miles de visitas de personas de 175 países. En agosto de este año el asunto llegó a oídos de la Conferencia de Obispos Católicos de Irlanda, que inmediatamente estudió el caso y emitió una normativa pionera indicando que “el bienestar del niño es primordial” y que los sacerdotes deben “asumir sus responsabilidades personales, legales, morales y financieras”.

Solo un mes más tarde, el Vaticano, sin haberse recuperado de los estragos producidos por los escándalos de pederastia confirmados en todo el mundo, buscando quizá no abrirse un nuevo frente de críticas y denuncias, reaccionó para ver qué hacer con quienes faltaron a la promesa del celibato. Así, el 24 de setiembre, la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, integrada por asesores del Papa en cuestiones de abuso sexual, decidió incluir a los hijos de curas en su red de protección por considerar que el abandono, que genera estigmatización y vergüenza, es una modalidad de abuso infantil. 

Tal vez como una forma de presionar a la curia para que haga su trabajo, The Boston Globe –a través de su célebre equipo periodístico ‘Spotlight’– viene presentando desde inicios de octubre casos similares a los de Vincent Doyle dentro de su investigación ‘Father, my Father: Children of Catholic Priest’. 

Años atrás, al enterarme de que el padre de mi bisabuelo fue un sacerdote, sentí un gran desbarajuste. Miento. Al inicio me pareció una anécdota costumbrista que producía risas incómodas en quien la escuchaba. Luego ya no. Una vez que entendí que mi bisabuelo padeció el secreto desde niño, replicó la ilegitimidad de joven y jamás dijo palabra alguna de su padre, la historia dejó de parecerme una excentricidad y me hizo pensar seriamente en las miles de personas que, en el pasado y en la actualidad, han crecido pagando los platos rotos por culpa de sacerdotes que rompieron su juramento de vivir sin sexo. Decidí entonces escribir una novela al respecto que, a su modo, también fuera una denuncia. El día que la presenté, una señora se me acercó diciéndome: “Mi padre fue sacerdote, espero que tu libro cure la herida de mi familia”. Y hace unos días nada más, al final de una charla, una joven lectora me confesó que su abuelo había sido sacerdote y que eso había marcado dramáticamente la vida de su padre. 

Entiendo que hace unos días el Papa abrió en Brasil un debate para permitir que hombres casados en la región amazónica de ese país se conviertan en sacerdotes. No sé si llegue el día en que al fin el celibato sea abolido, pero mientras tanto animo desde aquí a los hijos de sacerdotes de nuestro país que han crecido marginados y escondidos a que cuenten su historia, a que digan su verdad, a que visibilicen a sus padres biológicos, a que aprovechen la próxima visita de Francisco para recordarle las muchas reparaciones que la Iglesia les debe.

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