(Foto: Alejandra Riveros)
(Foto: Alejandra Riveros)
Por Giancarlo Cappello

Stranger Things es nostalgia pop. Es la pandilla escolar acehada por los estragos del mundo adulto. La ingenuidad valiente que solo demandaba una resortera, un par de walkie-talkies, una linterna y, claro, una bici, para mantener a raya a los malos de turno.

En Stranger Things palpita todo aquello en lo que alguna vez creímos: la camaradería invencible, los códigos de honor, los juramentos para siempre, el amor más puro.

Es una historia de compañerismo, lealtad y lucha contra la adversidad, donde acaba imponiéndose aquella energía impermeable al desaliento que solo la niñez y la inconsciencia sabían producir.

Pero Stranger Things es, sobre todo, pop corn (y del bueno). Porque sabe que un sentimiento no es suficiente para sostener una historia, recurre a la mejor tradición audiovisual de aventuras, terror y ciencia ficción, logrando que la originalidad de sus peripecias y golpes de efecto disfracen el estereotipo.

Visualmente ha sido inquietante, atractiva, con atmósferas que convocan a John Carpenter, Stephen King, Los Goonies, E.T. y Stand by me. En Stranger Things la infancia es la utopía. Y, solo por eso, habría que quererla aunque sea un poquito.