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Stranger Things es nostalgia pop. Es la pandilla escolar acehada por los estragos del mundo adulto. La ingenuidad valiente que solo demandaba una resortera, un par de walkie-talkies, una linterna y, claro, una bici, para mantener a raya a los malos de turno.
En Stranger Things palpita todo aquello en lo que alguna vez creímos: la camaradería invencible, los códigos de honor, los juramentos para siempre, el amor más puro.
Es una historia de compañerismo, lealtad y lucha contra la adversidad, donde acaba imponiéndose aquella energía impermeable al desaliento que solo la niñez y la inconsciencia sabían producir.
Pero Stranger Things es, sobre todo, pop corn (y del bueno). Porque sabe que un sentimiento no es suficiente para sostener una historia, recurre a la mejor tradición audiovisual de aventuras, terror y ciencia ficción, logrando que la originalidad de sus peripecias y golpes de efecto disfracen el estereotipo.
Visualmente ha sido inquietante, atractiva, con atmósferas que convocan a John Carpenter, Stephen King, Los Goonies, E.T. y Stand by me. En Stranger Things la infancia es la utopía. Y, solo por eso, habría que quererla aunque sea un poquito.
















