RespuestasHay marcas que nacen con vocación de permanencia. Sifrah es una de ellas. En enero de este año, la marca peruana de bisutería y accesorios celebra diez años de historia, aunque su origen se remonta mucho antes de la primera tienda. Empieza en el trabajo incansable, en la intuición afinada y en una herencia familiar en la que el esfuerzo nunca fue negociable.
En 2016, cuatro hermanas de Puno —Olga, Matilde, Denise y Yasmín Malaga— decidieron unir talentos, experiencia y una convicción profunda: crear una marca que entendiera a las mujeres desde la cercanía, la empatía y el acompañamiento en su día a día.
Desde el inicio, Sifrah tuvo claro que los accesorios no son un detalle menor. Son identidad, actitud y un gesto íntimo de autoexpresión. Bajo esa mirada nació su propósito de “hacer brillar a cada mujer con luz propia”, colocando a sus clientas en el centro de cada decisión y construyendo, pieza a pieza, una comunidad que hoy forma parte esencial de la marca.
Lo que comenzó como una iniciativa familiar se consolidó con el tiempo en una marca de alcance nacional, con más de 90 tiendas y una operación que lanza más de 6,000 productos nuevos al año. Un crecimiento sostenido que dialoga con las tendencias, sin perder el pulso cercano que la define.
Más allá de la expansión, el verdadero valor de Sifrah está en su impacto emocional. Solo en el último año, la marca estima haber hecho brillar a más de medio millón de mujeres. No es solo una cifra: es la expresión simbólica de una relación construida desde la confianza, la complicidad y la celebración de lo auténtico.

El aniversario número diez llega como una pausa para mirar el camino recorrido y, al mismo tiempo, como una invitación a celebrar en comunidad. Durante enero de 2026, Sifrah regalará S/ 20,000 en premios por compras, reafirmando que su crecimiento ha sido posible gracias a las mujeres que la eligen cada día.
A una década de su fundación, Sifrah se mantiene fiel a su esencia: una marca peruana creada por mujeres, para mujeres, que entiende la moda como una forma de expresión personal y que confirma que, cuando el propósito es genuino, el brillo no se apaga con el tiempo.











