Microrrelatos: de lo bueno, breve
Microrrelatos: de lo bueno, breve
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"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Este es “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso, uno de los microrrelatos más reconocibles por los lectores de todo el mundo.

“Su antecedente es el poema en prosa. “El spleen de París”, de Baudelaire, es capital. Esta forma fue retomada por los modernistas latinoamericanos y así el género del microrrelato fue adquiriendo su acta de nacimiento. Por supuesto su desarrollo no fue homogéneo. En el Perú, a pesar de sus antecedentes, todavía no presenta una tradición muy sólida”, explica el académico y escritor Ricardo Sumalavia, autor los libros de ficciones mínimas “Enciclopedia mínima” y “Enciclopedia plástica”. Si bien las formas literarias breves no son en absoluto una novedad (basta recordar los epigramas romanos o los haikus japoneses, las fábulas griegas o los refranes populares y los chistes), el microrrelato como género se caracteriza por ser consciente de esa brevedad y afrontarla como reto narrativo. De ahí que, como explica el escritor mexicano Alberto Chimal, autor de libros de microcuentos como “83 novelas” y “El viajero del tiempo”, una característica propia de este género sea que este dependa “de la participación de los lectores para descubrir todo su sentido, que se da mediante alusiones y referencias que apuntan hacia afuera del texto mismo”.

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Si bien un reto del género está en que el texto mantenga su narratividad, que efectivamente cuente (o sugiera) una historia a pesar de su brevedad, Sumalavia insiste en que sería un error pensar el microrrelato como una variación del género cuentístico. “La brevedad te lleva a asumir el lenguaje como una materia repotenciada —nos dice—. Es casi como la experiencia de escribir poesía”. Por otro lado, aun cuando “sus silencios nos agudizan los sentidos hacia lo sonoro, casi como hacer música”, el microrrelato se diferencia del poema en que esos silencios sugieren una narración, una secuencia de acciones, aunque ciertamente los límites son difusos. Sumalavia encuentra precisamente en esa indeterminación no solo la riqueza del género, sino también su marca identitaria más importante: “paradójicamente su rasgo distintivo es lo camaleónico, ser un punto de intersección de otros géneros, incluso los no narrativos. Es un género híbrido por excelencia”.

Como lo explica Chimal, quien participará en el próximo Festival de la Palabra PUCP, “el microrrelato requiere concentración en las posibilidades numerosas que tiene cualquier idea, personaje o acontecimiento. Es un proceso abarcador, amplio a la vez que profundo”. Todas las posibilidades deben estar sugeridas, condensadas, en un texto que puede tener la extensión de un párrafo corto, de una o dos oraciones, o incluso llegar a concentrarse en una sola palabra (como es el caso de “Luis XVI”, del español Juan Pedro Aparicio: “Yo”).

El microrrelato es, entonces, el género de la apertura, de la posibilidad y de la sugerencia. Un género que cuenta más en sus silencios que en lo que enuncia. Y fueron estas cualidades las que atrajeron a un joven Chimal a esta forma narrativa: “En la infancia encontré por casualidad varios libros donde aparecían microrrelatos, incluyendo “Confabulario”, de Juan José Arreola. Desde el principio me pareció que esos textos mínimos eran algo distinto, más sugerente y misterioso”.

Precisamente es “Confabulario”, publicado en 1952, uno de los libros que ayudaría a cimentar en Latinoamérica un género que cuenta con orígenes tan logrados en nuestro continente como “Filosofícula” (1924), de Leopoldo Lugones; o, yendo a los orígenes, las prosas de “Azul” (1888), de Rubén Darío. El género, además, lo han cultivado grandes autores como Jorge Luis Borges o Julio Cortázar (qué son sino sus “Historias de cronopios y de famas”). Hoy en día, como dice Chimal, “hay muchísimos autores, entre profesionales y aficionados”. Y sin embargo, en un ambiente literario como el peruano, encantado con la monumentalidad de la novela, la brevedad suele ser vista como un defecto. “Llegué a este género movido por la imperfección”, comenta Ricardo Sumalavia. “Al principio creí que era una deficiencia mía al no poder escribir cuentos amplios. Luego comprendí que el verdadero acto creativo está en domesticar tus imperfecciones, no tu talento”.

Con el objetivo de revalorar la concisión narrativa y el preciso trabajo con el lenguaje que implica la escritura de relatos brevísimos, desde El Dominical lanzamos Historias Mínimas, el Primer Concurso Nacional de Microficción.

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Además de los autores de los relatos que reproducimos semana a semana en este suplemento bajo el título de “Elogio de la brevedad”, consultamos a Sumalavia y Chimal por sus cultores referenciales del género. Y esto fue lo que nos dijeron:

Ricardo Sumalavia:
“Uno fundamental es Arreola. Y Monterroso, sin duda. Pero no se puede dejar de lado los microrrelatos de Franz Kafka: es genial. De los vivos podría hablar de muchos, pero solo mencionaré a Ana María Shua.

Alberto Chimal:
Además de Arreola, vuelvo siempre a Ana María Shua, José Luis Zárate, Augusto Monterroso, Robert Walser, Rafael Pérez Estrada, Ana Clavel, Erika Mergruen, Marcial Fernández... y a escritores/recopiladores como Jorge Luis Borges, Edmundo Valadés y otros.