Pasó por Memphis y Cincinnati, pero comenzó a labrar su leyenda en Detroit, donde recaló en 1943. Ahí cimentó su carrera musical al convertirse en una de las atracciones de los locales de Hasting Street, en el corazón del barrio negro de la ciudad. Cuenta la leyenda que fue otro grande del blues, T-Bone Walker, quien le regaló su primera guitarra eléctrica. En todo caso, lo que sí sabemos con certeza es que fue Elmer Barbee quien le consiguió en 1948 la grabación de su primer single, “Boogie Chillen”, publicado en la Costa Oeste por el sello Modern Records. La respuesta del público fue masiva y el disco vendió un millón de ejemplares.
Desde entonces, Hooker desarrolló una formidable trayectoria que alcanzó el paroxismo con temas como “Boom, Boom”, “Dimples”, “One Bourbon, One Scotch, One Beer”, “Crawling King Snake” o “I’m in the Mood”, entre muchos otros, todos ellos verdaderos himnos del blues.
La crudeza, visceralidad y concisión de su estilo evocaban su origen sureño y rural: “No hay comida en mi mesa/ Y no hay zapatos en mis pies/ Mis niños lloran por misericordia/ Ellos no tienen lugar al que llamarle hogar/ Tiempos difíciles, tiempos difíciles” (“No Shoes”). Sin embargo, aunque fiel a sus raíces, Hooker no se quedó atrapado en ellas, y anunció el amanecer de lo que luego sería el blues urbano, electrificado y excitante de Chicago.
En consonancia con ese espíritu callejero y vital, sostuvo que “el blues no te deprime; cuando estás triste porque las cosas no van bien, te levanta. Es un estimulante, no un depresor”. Su impacto sobre el rock ha sido enorme y variopinto: Eric Clapton, The Rolling Stones, The Yardbirds, The Animals, Cream, The Doors, Canned Heat, Van Morrison, ZZ Top, entre otros, levantaron vuelo bajo el abrasivo influjo de Hooker.
Como dijera el escritor mexicano Alain Derbez, John Lee Hooker fue un “mago de la retención”, “un maestro para hacer evidente que en el blues, como en el coito, más allá de la acrobática virguería, es la continuidad rítmica, el pulso, la respiración, lo que deviene clímax, estallido final”.
No en vano la compositora y cantante de blues Bonnie Raitt comentó, respecto del dueto que hizo con Hooker de “I’m in the Mood” en 1989: “Es una de la canciones más eróticas que he oído en mi vida. No la ensayamos. Simplemente bajamos la luz, nos miramos y la sacamos a la primera. Fue como si me hubiera pasado un tren por encima”.
Tenía 83 años cuando la implacable guadaña de la muerte le dio caza en su morada de Los Altos, al sur de San Francisco, una semana después de su último concierto en el Centro de Artes Luther Burbank de Santa Rosa, California.
Hooker se fue con las botas puestas. Oscura, grave, rugosa, su voz continúa resonando hoy, veinte años después de su partida, con el acompañamiento de una guitarra tan básica y zafia como vibrante y sensual: “Señor, conozco a mi nena/ ella va a brincar y gritar/ Señor, conozco a mi pequeña mujer/ ella va a brincar y gritar/ cuando mi tren avance/ Y yo saldré caminando” (“Rollin’ Blues”).