Resumen

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Han pasado treinta años pero también un tiempo que no tiene medida. Desde esa tarde de Diciembre de 1994, cuando Abelardo Oquendo me llamó para decirme que Julio había muerto, lo he seguido viendo siempre. Nunca más iba a charlar y a jugar ajedrez con él en su apartamento de Barranco, donde una figura de Humphrey Bogart nos daba la bienvenida. No íbamos a compartir reuniones y cenas con Fernando Ampuero, Abelardo Sánchez León o Guillermo Niño de Guzmán, entre comentarios de libros y de la política peruana, frente a platos de pescado con arroz y vino. Pero él seguiría siempre con nosotros. Sus personajes abatidos, vagabundos, perdidos, soñadores, se han convertido en protagonistas de nuestra imaginación. Tienen mucho que decirnos hoy, en tiempos de incertidumbre, cuando las guerras asolan el mundo y la falta de convicción recorre nuestro país. Aquí está con nosotros Matías, que se queja de sus dificultades, cuando recibe el encargo de ser profesor suplente. El día de la clase sin embargo sale huyendo, minimizado por un reflejo en la ventana. Es entonces donde vuelve donde su única certeza, su esposa, a la que se aferra mientras llora. Aquí está también Silvio en su rosedal para decirnos que de nada sirven los grandes logros y las terribles ambiciones frente a la perfección de una melodía solitaria. El rosedal es un templo. La verdadera y tranquila felicidad es la de los momentos privados en contacto con el arte. Es lo que piensa también el maestro Berenson que es feliz dirigiendo la orquesta frente a un disco al que se aplica con batuta en mano, en la soledad de su habitación. Estos no son personajes derrotados. Son seres que andan buscando los resquicios del mundo para ser felices. Su forma de ser peruanos es que se recursean para encontrar alguna dignidad.