Por José Carlos Yrigoyen

Eloy Jáuregui hablaba de la bacteria del ritmo, contagiosa y exultante, que lo invadía ni bien ingresaba a los antros de Surquillo o del centro de Lima. De ellos fue su mejor escriba, personaje emblemático y en los que su verba era ley. Jáuregui afirmaba la existencia de esa bacteria que se coló en su prosa, barroca y venérea, habilitada por un talento curtido para emular ciertas alturas lezamianas e inmediatamente después mirar al lumpen a los ojos con una pregunta -cálido, irreverente estilete- y una franca sonrisa de complicidad.

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