Resumen

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/ Tusquets/ Archivo de El Comercio
Por José Carlos Yrigoyen

Hace varios años, de forma azarosa, Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) convirtió una libreta de apuntes en la bitácora de sus lecturas. Sin afán de publicarla, fue llenándola de anotaciones hasta sumar cientos de ellas. Nuevamente la casualidad lo animó a revisar esa copiosa cosecha ocasional, y consideró que entre ese caos había reflexiones e impresiones dignas de compartirse. Fue así como nació “Hasta perder el aliento”, el primer tomo de un díptico titulado “Cuadernos de letraherido”. Aunque en apariencia es el dietario de un lector cultivado y acucioso, significa más que eso: cuando Niño de Guzmán nos comenta acerca de los autores y los libros que lo marcaron, se las arregla para acabar hablando de él mismo, de su tormentosa vocación, de los temores que paralizan su trabajo y de la cruda percepción del fracaso que suele acosar a quienes se consagran sin cortapisas a este oficio.