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¿Hasta dónde puede escalar la retórica nuclear de Putin y Trump? Analista alerta sobre el riesgo de una nueva carrera armamentista
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El presidente Vladimir Putin advirtió el miércoles que Rusia “se verá obligada a tomar medidas recíprocas” si Estados Unidos reanuda las pruebas de armas nucleares, en alusión directa a las recientes declaraciones de Donald Trump, quien ordenó al Pentágono comenzar a probar dichas armas “en igualdad de condiciones con Rusia y China”. Si se cumple lo dicho por el mandatario estadounidense, se rompería con más de un cuarto de siglo de moratoria internacional. Además, esta actual retórica reaviva los temores de que el mundo entre en una nueva carrera armamentista atómica.
Putin aseguró que Moscú sigue respetando lo establecido por el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT), pero instruyó a sus ministerios de Defensa y Exteriores, a los servicios secretos y a otras estructuras civiles que “presenten una propuesta consensuada sobre el posible comienzo de los preparativos de las pruebas con armas nucleares”.
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El 29 de octubre, Trump había ordenado al Pentágono “inmediatamente” reanudar las pruebas de armas nucleares.
La orden de Trump se dio el mismo día en el que Putin anunció la prueba exitosa del dron submarino nuclear Poseidón.

Poseidón ha sido diseñado para portar una cabeza nuclear de hasta 100 megatones, lo que lo convierte en una de las armas más poderosas jamás concebidas. Puede operar a profundidades de más de 1.000 metros y alcanzar velocidades superiores a los 100 km/h, con un alcance prácticamente ilimitado gracias a su reactor nuclear interno.
Su objetivo principal es destruir puertos, bases navales o ciudades costeras, generando tsunamis radiactivos capaces de arrasar extensas zonas. A diferencia de los misiles balísticos tradicionales, el Poseidón viaja bajo el mar, lo que dificulta su detección y neutralización. Según el Kremlin, su desarrollo busca mantener la capacidad de disuasión estratégica de Rusia frente a la OTAN y a Estados Unidos.
Con ambos líderes apelando a la lógica de la reciprocidad nuclear, el equilibrio global de disuasión entra en una zona de riesgo que recuerda las tensiones más crudas de la Guerra Fría.
Los riesgos de la retórica nuclear

Para el analista internacional Roberto Heimovits, la situación actual no es solo un pulso de poder entre Rusia y Estados Unidos, sino una dinámica verbal que puede fácilmente transformarse en una espiral de amenazas reales.
“Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, Putin ha estado haciendo referencias a armas nucleares de manera recurrente. Esto no es nuevo”, explica a El Comercio. “Pero lo que envalentona a Putin es la falta de una política constante de Trump hacia Rusia. A veces es su amigo, como en la cumbre de Alaska, y a veces no, como cuando canceló la reunión en Budapest. Esa inconsistencia genera incertidumbre y termina dándole margen a Moscú”.
Según Heimovits, el intercambio de declaraciones entre ambos líderes podría derivar en un deterioro del equilibrio nuclear global, donde el riesgo es que la simple retórica se convierta en acción.
“El problema es que las palabras pueden generar su propia dinámica, y tratándose de armas nucleares, eso es sumamente peligroso. La retórica por sí sola puede abrir el camino a una nueva carrera armamentista”, advierte.

Heimovits sostiene que si se reinician las pruebas nucleares sería un retroceso histórico, con consecuencias ambientales y geopolíticas severas.
“Un riesgo evidente es el daño ambiental, sobre todo si se rompen los acuerdos que desde 1963 prohíben las pruebas atmosféricas. Pero el otro gran peligro es el efecto contagio: que otros países también se sientan incentivados a probar armas nucleares”, señala.
También recuerda que durante la Guerra Fría existió un consenso tácito entre Washington y Moscú: una guerra nuclear no tendría vencedores.
“Tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética se sabía que, sin importar cuán pequeñas fueran las bombas usadas al inicio, una escalada podía acabar en una guerra total. Esa lógica de disuasión mantuvo el equilibrio. Hoy ese consenso parece desvanecerse”, refiere.
Preguntado sobre los avances que podrían surgir de una nueva ola de ensayos, Heimovits sostiene que no se trata tanto de crear bombas más potentes, sino de perfeccionar sus medios de transporte, por ejemplo.
“En los años 60 los soviéticos probaron una bomba de 58 megatones, una potencia descomunal. No creo que se busque superar eso. El peligro está en la modernización de los sistemas de lanzamiento: misiles hipersónicos, cruceros o drones submarinos como el Poseidón”, anota.
Remarca que actualmente la mayoría de pruebas se hacen mediante simulaciones por computadora, pero alerta que reanudar los ensayos físicos podría abrir una nueva carrera tecnológica entre potencias nucleares, incluyendo a China.
“China está modernizando su programa nuclear. Mientras más se mantengan controladas las pruebas y la retórica, mejor será para todos”, enfatiza.
Ante este escenario, la pregunta es qué margen de acción le queda a la comunidad internacional. “La Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA) es un organismo respetado, pero tiene un margen de acción limitado si las dos mayores potencias nucleares no cooperan”, reconoce Heimovits. “El problema no es técnico, es político. Si Putin y Trump no deciden bajar el tono, ningún organismo podrá contener la escalada”.
El analista concluye con una advertencia: “Lo más prudente sería que, más allá de las sanciones o de la guerra en Ucrania, ambos líderes mantengan el tema nuclear fuera de sus disputas. Porque cuando se juega con fuego atómico, las palabras pueden ser tan peligrosas como las bombas”.
¿Cuántos ensayos nucleares se han realizado?

La antigua Unión Soviética realizó su última prueba nuclear en 1990 en el Ártico, mientras Estados Unidos la efectuó en 1992 en el estado de Nevada.
El primer ensayo nuclear de la historia, que fue conocido como Trinity, lo realizó Estados Unidos en 1945. Se dio en el campo de bombardeo de Alamogordo, en el estado de Nuevo México.
Desde entonces, se han producido cientos de pruebas de este tipo. Incluso en el siglo XXI el mundo ha sido testigo de este tipo de testeos.
De acuerdo con la ONU, desde la explosión de Trinity hasta 1996 se efectuaron más de 2.000 pruebas nucleares.
La misma fuente señala que durante ese periodo, Estados Unidos fue el país que más ensayos realizó, con 1.032; seguido de la ex Unión Soviética, con 715; Francia hizo 210, Reino Unido 45, China 45 e India 1.
En 1996, la Asamblea General de la ONU aprobó el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, que busca poner fin este tipo de pruebas. Sin embargo, el tratado todavía no ha entrado en vigor por varias razones.
Estados Unidos lo firmó pero no lo ratificó. Mientras que en el 2023 Rusia retiró su ratificación. Otras potencias nucleares como China, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte tampoco lo han ratificado.
Tras la aprobación den tratado en 1996, se han realizado un total de 10 ensayos nucleares hasta la actualidad: 6 por parte de Corea del Norte, 2 por India y 2 por Pakistán.
El último ensayo nuclear de Corea del Norte fue en el 2017.
Los peligros de los ensayos nucleares

Lo más peligroso de un ensayo nuclear, según la experiencia acumulada con los más de 2.000 realizados desde 1945, no se limita solo a la explosión, sino a sus efectos múltiples, acumulativos y a menudo invisibles.
Cada detonación nuclear libera grandes cantidades de radiación ionizante. En los primeros segundos, la onda de calor y radiación puede vaporizar todo en varios kilómetros a la redonda. Pero el efecto más persistente viene del fallout radiactivo, las partículas contaminadas que ascienden a la atmósfera y regresan en forma de polvo, lluvia o nieve, extendiendo contaminación durante décadas.
Pruebas en la atmósfera, como las de Nevada, Semipalátinsk (Kazajistán) o el Pacífico, provocaron aumentos de cáncer de tiroides, leucemia y malformaciones en poblaciones cercanas.

Las zonas de prueba como Nevada, Semipalátinsk, Mururoa (Polinesia Francesa) y Lop Nur (China) siguen hoy con niveles de radiactividad peligrosos. El plutonio y el cesio-137 pueden permanecer activos más de 24.000 años. Los ecosistemas afectados muestran mutaciones genéticas, desaparición de especies y pérdida de suelos fértiles.
También hay riesgo de fallas en los ensayos. En 1954, la prueba estadounidense Castle Bravo, en el Pacífico, liberó radiación mil veces superior a lo previsto, afectando a miles de personas en las Islas Marshall y a la tripulación de un barco japonés.
La Unión Soviética tuvo fugas radiactivas en Semipalátinsk y Novaya Zemlya que nunca fueron oficialmente registradas.










