Una de las cosas más importantes que necesitamos entender sobre la política es que es un juego repetitivo. No digo juego con ánimo de infantilizar el fenómeno –aunque, en nuestro caso, con frecuencia exhibe mucha inmadurez–, sino para analizarlo desde lo que los matemáticos y economistas conocen como la teoría de juegos, que busca predecir cómo se comportan las personas en sus interacciones, asumiendo que operan con algún grado de racionalidad.
Una de las características esenciales de la democracia, por ejemplo, es que tiene elecciones periódicas. En teoría, las personas y los partidos que ellas conforman no entran a la política para competir una sola vez, en una única elección, sino para hacerlo varias veces, sabiendo que algunas ganarán (menos veces) y otras perderán.
Perder es parte del juego, como ocurre en los deportes, pero como en la política se compite por el poder, es fundamental que haya consensos mínimos en cuanto a las reglas que hay que respetar, sea que uno gane o pierda. El ganador no debe abusar del poder conferido, mientras que el perdedor debe respetar el mandato de quien lo venció en buena lid.
En el Perú las cosas no funcionan tan así, por múltiples razones que no me alcanzaría el espacio aquí para explicar. Pero quisiera referirme a una que, desde mi óptica, es nociva.
Para un observador externo, la política peruana puede parecer caótica e impredecible. Nunca se sabe bien qué puede pasar, como tener ocho presidentes en 10 años. Pero si uno se fija con más detenimiento, encuentra que, más allá de sus posiciones ideológicas, sí hay algo recurrente y predecible en la generalidad de los actores políticos en el Perú: su proverbial cortoplacismo.
Al inicio les decía que la política es un juego repetitivo. Si los políticos entendiesen esto, sabrían que no pueden asumir la batalla más cercana como una de vida o muerte, una donde hay que quemar todos los puentes o incendiarlo todo con tal de ganar, porque luego va a haber una batalla tras otra.
Cuando me toca analizar la política peruana frente a cualquiera que fuese el pleito coyuntural, siempre trato de preguntarme: ¿cómo se comportarían los distintos actores si estuvieran pensando seriamente en el mediano y largo plazo? Y me pregunto también, por supuesto, cómo actuarían si solo les interesara el corto o cortísimo plazo, como si la batalla inminente fuese tan de vida o muerte que hiciera irrelevantes las consecuencias futuras.
Y consistentemente me veo constatando lo segundo en la realidad. Yo, que pensaba que intentar predecir la política peruana era un ejercicio fútil, encuentro que presumir que los políticos se van a comportar de la manera más cortoplacista posible tiende a dar en el blanco.
Agregaría que este no es un defecto solo de los políticos, sino que está muy arraigado en la sociedad peruana en general. Nadie está discutiendo sobre el país que quisiéramos tener en 20 o 30 años, sino que tenemos una suerte de miopía que solo nos permite mirar hacia adelante con un alcance de tres a seis meses como máximo.
Y claro, cuando es así, los pleitos del presente se sienten mucho más existenciales y los triunfos en batallas menudas, como victorias trascendentales cuando, muchas veces, impiden que trabajemos pensando en el largo plazo. Y eso vacía de sentido a la política, porque aunque se diga que lo está haciendo, en el fondo, se está solucionando muy poco o nada.
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