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Decapitación parcial
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A mí no me gusta vivir en un orden mundial en el que la hegemonía de las bombas nucleares reemplaza a la diplomacia y al derecho. No me gusta el mundo de los ‘strongmen’, donde las viejas alianzas ya no significan nada y reina la ley de la selva. Los vestigios del orden que emergió tras la Segunda Guerra Mundial han sido enterrados bajo los escombros de unas Naciones Unidas cada vez más irrelevantes. Ahora nos toca digerir el reverdecer con esteroides de la doctrina Monroe y del nuevo patio trasero.
América Latina aprendió temprano que los regímenes no caen como caen los caudillos y que las intervenciones militares externas son (casi siempre) catastróficas. La ilusión de que basta con derribar al caudillo (en este caso, Maduro) para que el sistema se desplome es una de las fantasías políticas más persistentes de la región. En “El otoño del patriarca”, García Márquez describe cómo el patriarca es derrocado, traicionado, incluso ridiculizado, pero su poder persiste porque no reside en su cuerpo, sino en el orden que lo sostiene. El palacio puede quedar vacío, pero la lógica de su mando y redes continúa operando. Las lógicas del poder se reproducen incluso cuando se intenta corregirlas, porque el problema no es su voluntad, sino la estructura que le dio sentido.
Por eso las democratizaciones a la fuerza son terriblemente endiabladas. Adam Przeworski insistió en que las transiciones democráticas emergen del cálculo de expectativas de los actores políticos. No son el resultado automático de la caída de un régimen, sino de acuerdos estratégicos entre actores capaces de vetarse mutuamente. Cuando esos acuerdos no existen (o son indigeribles), la salida del liderazgo no inaugura un nuevo orden, sino que desorganiza el existente y multiplica la incertidumbre y el caos. Y es muy probable que eso pase en Venezuela.
El riesgo de la decapitación parcial (la remoción del líder sin la desarticulación de la coalición dominante) es que el orden existente se reacomode. Este tipo de desenlace difícilmente produce una democratización. Las estructuras coercitivas (fuerzas armadas, aparatos de seguridad, redes económicas ilegales) sobreviven al líder y, en muchos casos, se autonomizan una vez que el mando central se fragmenta. El poder no desaparece, solo se redistribuye de manera más opaca. Es un terreno de disputa donde la fuerza tiende a imponerse sobre la política.
Los colapsos incompletos (ni régimen plenamente intacto ni transición pactada con actores democráticos) suelen producir escenarios dominados por actores armados, economías ilícitas y lógicas de supervivencia paralegales. En esos contextos, la democracia no fracasa porque sea débil, sino porque no puede nacer. La tarea fundamental en el caso venezolano reside en priorizar acuerdos entre élites capaces de gobernar, desmontar gradualmente las estructuras coercitivas, reconstruir instituciones y crear mediaciones políticas antes que imponer la lógica del ‘far west’ y del reparto del botín. Pero eso es un idilio.

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