Al concluir una campaña electoral, sobre todo en países como los nuestros en los que, lamentablemente, se desciende a niveles inaceptables de agravio y descalificación del adversario, los actores políticos quedan heridos pues, cuando uno sube a ese ring y más allá de los resultados, hay golpes que, a diferencia del box, quedarán para toda la vida.
En ese sentido, las personas formadas políticamente entienden que, terminadas las elecciones, se debe pasar del discurso de confrontación al de la búsqueda de consensos. Quien no entiende eso es que no entiende lo que es la política y sería bueno que, como también deben hacer todos los abogados, lea e interiorice “Los mandamientos del abogado”, de Eduardo J. Couture, quien fuera uno de los procesalistas más influyentes del siglo XX.
La situación política que viene padeciendo el país, con enfrentamientos y descalificaciones de uno y otro lado, me trajo a la memoria dos mandamientos que forman parte del decálogo del famoso jurista uruguayo que, si bien están escritos para el ejercicio de la abogacía, resultan de plena vigencia y aplicación para la política.
El sexto mandamiento hace referencia a la tolerancia, estableciendo como regla que uno debe tolerar la verdad ajena en la misma medida en que quiere que sea tolerada la de sí mismo; pero quizá el más oportuno en los actuales momentos sea el relativo al necesario olvido que debemos tener en el ejercicio profesional.
Como noveno mandamiento, Couture señala: “Olvida: la abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota”.
Terminada una campaña electoral se necesita generar un clima de confianza, que no se logra de manera automática. Toma algún tiempo y mucho diálogo. No es un buen consejo para el gobierno tensar la cuerda más y patear el tablero, como escucho algunas voces sugerir. El arte de gobernar engloba las acciones y decisiones orientadas a organizar la convivencia en sociedad y alcanzar el bien común.
Hay que recordar que, como decía Germán J. Bidart Campos, el poder tiene amigos, adversarios y enemigos. Hay amistades indecorosas del poder; también abundan aquellas que pueden cotizar un precio que el poder les paga (prebendas, privilegios, empleos, favoritismo, impunidad y muchas cosas más); y ni qué decir de las que se mueven con un fanatismo irracional.
Las amistades del poder democrático son muy distintas, como recuerda el maestro Bidart: nunca son incondicionales, nunca son miopes, nunca son ciegas, nunca son irracionales; admiten disenso; conocen la tolerancia, la negociación, la transacción; compaginan el respeto con la discrepancia, incluso con la crítica y la oposición. Las amistades del poder no son algo que atañe únicamente al poder: influyen en toda la sociedad, la penetran, calan en su entraña.
La moraleja que señala Bidart, quien fuera gran amigo del Perú, es que el poder debe saber, éticamente, buscar sus amigos y no debe fabricarse enemigos. La sociedad debe discernir, también éticamente, cuando la amistad con el poder es peligrosa, cuando es digna o decorosa, cuando es pecaminosa. Hay que tener cuidado para no buscar, ni dar ni recibir, el beso de Judas. Hay amistades traicioneras. Poder, gobernante y sociedad, han de estar en guardia, como sentenciaba el jurista argentino.