En una entrevista del libro, al hablar del Perú, el escritor argentino recuerda a su bisabuelo Isidoro Suárez, que en la batalla de Junín, al mando de los Húsares del Perú, decidió atacar al ejército realista, decidiendo el curso de la historia. El heroísmo es una de las claves de la obra de Borges y el coronel Suárez no es su único lazo con el Perú. También aparece la historia de su antepasado Jerónimo de Cabrera que residió en el Cusco y luego fundó la ciudad de Ica (entonces “San Jerónimo de Valverde”) y luego Córdoba. Otra referencia al Perú es la conocida afición de Borges por la templanza de la poesía de Eguren. Sabemos que en privado, en cambio, Borges mostraba su disgusto con Vallejo (cuya poesía definía como “patética” y “quejumbrosa”).
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Aunque Vargas Llosa señala en un inicio que él y Borges son autores muy distintos (y lo son en varios sentidos), hay un elemento esencial que los une. Ambos perciben que el tiempo y el espacio son categorías relativas. Los juegos de la fantasía de Borges y las alteraciones de lugares y épocas en las novelas de Vargas Llosa nos hacen pensar en una perspectiva latinoamericana. La realidad nunca es maciza y sólida para un habitante de estas tierras. Santiago Zavala en “Conversación en la Catedral” está tan perdido como el protagonista de “La Lotería de Babilonia” de Borges. Ningún europeo de su época habría escrito esos libros.
Quizá por eso Vargas Llosa recorre los caminos de la obra de Borges con la sensibilidad, inteligencia y creatividad de un gran lector. Su perspectiva incluye no solo de sus cuentos sino también los artículos que el argentino publicó en la revista “Hogar”. Me pareció especialmente interesante el último capítulo en el que comenta el libro “Atlas”, los apuntes de un viaje que Borges hizo con María Kodama, a través de tres o cuatro continentes. Es una peripecia tanto geográfica como sentimental, pues para entonces Borges había consolidado su relación de pareja con María Kodama. La feliz historia de este ultimo viaje supuso con frecuencia levantarse a las cuatro de la mañana para “pasear hora y media, entre las nubes, a la intemperie, azotado por las corrientes californianas” o saltar a Irlanda, Venecia, Egipto y muchos otros destinos. Borges estaba ciego, era un octogenario pero gozaba de ese viaje como un niño.
Vargas Llosa recuerda que en 1986, cuando el cáncer avanzaba sobre la vida de Borges, María Kodama le sugirió llamar a un sacerdote. El asintió con una condición: “que fueran dos: uno católico, en recuerdo de su madre, y un pastor protestante en recuerdo a su abuela inglesa, y anglicana.” Vargas Llosa señala: “Literatura y humor, hasta el último momento”.