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Editorial: El origen del éxodo

La escasez de medicinas y alimentos representa la faceta más dramática de la crisis venezolana.

Editorial

Venezuela

Según el Encovi 2017, el 89% de venezolanos no puede costear su alimentación diaria. En la imagen, una mujer busca restos de comida entre la basura. (Foto: EFE).

EFE

Esta semana, las imágenes de las decenas de miles de venezolanos recorriendo las fronteras de América Latina han acaparado las miradas de la región. En este Diario hemos enfatizado una y otra vez la fibra tiránica del régimen que ha asolado el país caribeño y ha empujado a sus habitantes a un exilio forzado. Más allá de las derivas políticas, de la crisis económica y de la alta criminalidad (la capital del país, Caracas, es la segunda ciudad más peligrosa del mundo con una tasa de 111 homicidios por cada cien mil habitantes), creemos necesario llamar la atención sobre una faceta del drama venezolano que, no por silenciosa, deja de ser más cruenta. Nos referimos a la escasez de alimentos y medicinas.

Para empezar a comprenderla es necesario repasar algunos indicadores económicos, principalmente de pobreza. Desafortunadamente, en Venezuela las cifras oficiales dejaron de emitirse en el 2015, antes del agravamiento de la crisis. Ese año, según el Banco Mundial, el porcentaje de la población pobre llegaba al 33,1%. Mientras que un año antes, el índice de pobreza extrema en el país caribeño, según la Cepal, se hallaba en 9,5%. En enero último, empero, el mandatario Nicolás Maduro aseguró que su administración había conseguido disminuir ambos indicadores a 18% y 4%, respectivamente. Números que parecen reñidos con las postales que llegan de venezolanos buscando rastros de comida entre la basura y de góndolas vacías en los mercados.

Ante la obvia manipulación de las cifras oficiales, quizá sea sensato revisar otras estadísticas. En febrero, se publicó la edición 2017 de la encuesta sobre las condiciones de vida en Venezuela (Encovi), realizada por tres universidades locales. Según el informe, la situación de pobreza y pobreza extrema en Venezuela trepa al 61,2% y 25,8%, respectivamente, en una curva que asciende peligrosamente desde el 2014.

Según el estudio, 9 de cada 10 venezolanos no puede costear su alimentación diaria, alrededor de 8,1 millones de ciudadanos ingieren dos o menos comidas al día y un 64,3% de la población perdió 11 kilos en el último año. La encuesta recoge también que 6 de cada 10 venezolanos aseguran que se van a dormir con hambre y que cerca del 80% de hogares del país se encuentra en situación de inseguridad alimentaria. Según contó al diario “El País” Marianella Herrera, miembro del equipo investigador, esto ha generado que surjan prácticas estremecedoras en las familias, como la de las “madres que tienen que decidir a qué hijo alimentan con proteínas un día y a cuál no”.

La falta de medicamentos y la caída de la calidad del servicio de salud también preocupa. Según el Observatorio Venezolano de Salud, el país lidera la tasa de mortalidad infantil y materna en toda la región (por cada 1.000 nacimientos mueren 20 niños y una madre). Por su parte, la encuesta nacional de hospitales –realizada por la Asamblea Nacional y la ONG Médicos por la Salud– encontró en marzo una escasez del 88% de medicamentos y del 79% de material quirúrgico en los centros de salud. El estudio también dio cuenta de que el 94% de los servicios de rayos X en el país no operaba y de que el 21,9% de las salas de emergencia estaban inutilizadas.

Por su parte, la Federación Farmacéutica Venezolana estima que 8 de cada 10 medicamentos no están disponibles en las farmacias y que la escasez llega al crítico porcentaje del 90% en los fármacos de alto costo para tratar enfermedades como el cáncer, el VIH y la hemofilia. Todo esto, claro está, como consecuencia de una inflación desbocada (según el FMI, esta alcanzará el 1.000.000% a fin de año).

La falta de medicamentos ha forzado situaciones aciagas de pacientes que son prácticamente condenados a morir por enfermedades curables o la de aquellos cuyos cuerpos están comenzando a rechazar órganos trasplantados hace años por la desaparición de inmunosupresores en el país. Todo ello a espaldas de un régimen que se niega a reconocer que existe una crisis humanitaria y que ha rechazado en más de una ocasión las ofertas de auxilio de otros países.

Ningún dato que citemos en este editorial, sin embargo, alcanzará para entender el drama de ciudadanos que, en pleno siglo XXI, pugnan por conseguir alimentos o medicinas en un país que durante décadas disfrutó de la bonanza económica del petróleo. Hoy, que miles de migrantes intentan llegar a nuestras fronteras, conviene reflexionar un poco sobre el origen del éxodo venezolano.

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