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Codicia, por Patricia del Río

"Susana Villarán enfrenta las consecuencias de esa ambición que no permite que uno se vaya con la frente en alto, en lugar de quedarse con las manos sucias".

Patricia del Río Periodista

Susana Villarán - Campaña NO

"De los últimos casos de corrupción destapados en el Perú, tal vez el que mejor retrata la codicia es el de Susana Villarán, investigada por presuntamente haber recibido dinero de Odebrecht". (Foto: El Comercio)

La codicia siempre ha estado entre nosotros. En la literatura ha inspirado obras como “Macbeth”, de Shakespeare, y en la pintura aparece claramente retratada en la “Mesa de los pecados capitales”, del Bosco. En la obra de teatro, Macbeth, cegado por su afán de poder, la inquina de su esposa, Lady Macbeth, y las predicciones de unas brujas que juegan con sus debilidades, mata a su rey y usurpa el trono de Escocia. Se convierte entonces en un tirano, que, carcomido por la culpa, jamás logra gozar del poder malamente adquirido. En la “Mesa de los pecados capitales” del Bosco, la codicia está representada por un juez que recibe sobornos de las dos partes litigantes. Está claro que para calmar sus apetitos, el codicioso está dispuesto a saltarse las reglas y cometer actos horrendos.

De los últimos casos de corrupción destapados en el Perú, tal vez el que mejor retrata la codicia es el de Susana Villarán, investigada por presuntamente haber recibido dinero de Odebrecht para financiar su campaña antirrevocación.

Susana Villarán llegó a la alcaldía en el 2011 y desde un primer momento hubo gente que le hizo la vida imposible. Sin embargo, parece que una vez planteada la revocación, cuando le tocaba pelear con las armas limpias que ella misma había levantado, la ganó la codicia: su convicción de que se merecía estar en ese puesto a cualquier costo no le habría permitido hacer la diferencia, pasándose al lado oscuro.

De acuerdo con todos los indicios, Villarán habría financiado su campaña con dinero sucio. Pero eso no fue todo: salvado el pellejo, faltó a su reiterada promesa de acabar su mandato e irse y se presentó a la reelección. Con esto Villarán dejaba en claro que aquella mujer que había jurado avanzar la reforma de transporte prefería dejar todo tirado y regresar al baile de los mítines y los cartelitos. Por supuesto fue derrotada por su archienemigo Castañeda, que esa vez no tuvo ni que fingir honestidad, pero como la necesidad de continuar en el poder ya estaba inoculada en su sistema, se embarcó en la candidatura a la vicepresidencia de la mano de Daniel Urresti, que estaba en las antípodas de su perfil político.

Estoy segura (siempre me puedo equivocar) de que no le van a encontrar ningún indicio que demuestre que habría usado el dinero de la constructora brasileña en beneficio personal. Pero eso es lo de menos. Si Susana Villarán recibió plata de Odebrecht para quedarse en la alcaldía, su permanencia después del proceso de revocación se tiñó de un manto de ilegitimidad. Su convicción de merecer el poder, que sus enemigos le querían arrebatar (justa o injustamente), la habría llevado a cruzar límites, transgredir reglas. Y al igual que a la atormentada Lady Macbeth, que por más que se lavaba las manos no lograba borrar las manchas de sangre de su crimen, hoy, lamentablemente, Susana Villarán enfrenta las consecuencias de esa ambición que no permite que uno se vaya con la frente en alto, en lugar de quedarse con las manos sucias.

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