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Tengo 21 años. Estudio Gestión y Producción Escénica en la Universidad Católica. Desde el año pasado conduzco el programa Gamers. Ocasionalmente juego fútbol, soy volante o lateral derecha. Tengo siete tatuajes: tres de Pokémon, uno de Overwatch, otro de Link, la batiseñal de 1995 y a Sylvanas Windrunner, personaje del videojuego Warcraft.
A los 15 años Lucía convenció a sus padres de que el mejor regalo no era una pomposa fiesta, sino una potente laptop donde pudiera jugar todos los videojuegos que quisiera. Tres años después comenzó a transmitir sus partidas en vivo por Internet (acción conocida como ‘streaming’) y a apodarse ‘Lucyweird’. Hoy acumula cerca de 105 mil seguidores entre sus cuentas de Facebook y sus canales en Twitch y You Tube.
—Hace dos meses su cabello era morado, ahora es rosado. ¿Tiene una historia detrás de sus continuos cambios de color?
Me lo pinto desde que tengo 15 años. Cuando estaba en el colegio nunca me sentí muy cómoda, siempre me trataban como nerd. Era la típica chica que jugaba videojuegos y era buena en el colegio, pero eso era porque si no hacía mis tareas no podía jugar. Una vez me pegaron chicle en el cabello y tuve que cortarme ese mechón. Cuando comenzaba a crecer lo volvía a cortar. Un día, una prima se pintó un mechón de color fucsia y me pareció bonito. Así que en verano tenía el cabello superlargo y el mechoncito lo pintaba de diferentes colores. Fue como un acto de rebeldía, incluso al volver a clases. Hasta que un profesor me vio.
—¿Y qué le dijo?
¡Cuando termines la escuela recién puedes pintarte como un papagayo! Entiendo que haya falta de respeto entre compañeros, pero de un profesor a un alumno... me sentí muy mal. Dos años después de terminar regresé a la escuela y llegué con el pelo de colores. Y nadie me decía nada porque había ingresado a la universidad y en el décimo superior.
—Para estudiar teatro, ¿no?
En realidad ingresé a Derecho. Aunque en mi anuario siempre ponía que quería ser actriz. Mi mamá no le prestó atención en inicial, ni en primaria, pero en secundaria me dijo: “Te vas de la casa si te vuelves actriz” [risas]. Como me gustaba leer me recomendó que estudiara Derecho. Pero pasaron dos años, ya iba a entrar a la facultad y no quería. Mi abuelo siempre me apoyó mucho en aquello de que eligiera lo que yo quisiera, lamentablemente ese año fallecieron mis dos abuelos. Fue horrible, me deprimí, quise dejarlo todo. Mi mamá terminó aceptando mi cambio de carrera y entré al Teatro de la Universidad Católica.
—Mientras pasaba todo eso ya era conocida en el ambiente de los ‘gamers’ peruanos. ¿Cuál fue su primer acercamiento con los videojuegos?
En una Navidad mi primo llevó una consola de Super Nintendo a casa de mi abuela. Ahí eran las reuniones familiares, así que poníamos la consola en un cuarto y de paso nos escapábamos de los intentos de mis tíos por cantar [risas]. Todos empezamos jugando Super Mario, pero el primer juego con el que me pegué muchísimo fue con The Legend of Zelda: A Link to the Past. Me parecía genial ver a alguien tan pequeño hacer tantas cosas, me motivaba muchísimo. Un día, uno de mis tíos se compró un PlayStation 1, ahí jugábamos Bust a Groove, era de baile y era genial porque competíamos entre nosotros. Cuando llegó la novedad de Play-Station 2 llegaron los juegos de pelea. Ahí me fui separando de las consolas, porque teníamos la computadora en casa y el mejor amigo de mi hermana la convenció para que me enseñara a jugar en ella luego de que le ganara en dos partidas de cartas de Yu-Gi-Oh!
—¿Cuándo dejó de ser un hobby?
Todo fue por Blizzard. Empecé jugando Starcraft, me metí más a Internet. Después pasé a jugar World of Warcraft y me volví muy viciosa. Un día, en casa de mis primos, jugué Half-Life y Counter-Strike. Recuerdo que los guardaba en un CD, mi primo me enseñó a quitar el bloqueo de las computadoras de mi colegio y en las clases de cómputo jugaba con mis dos mejores amigos. Ahora se enterará la directora [risas]. En el tránsito del colegio a la universidad me volví una loquita FPS [First Person Shooter], me había vuelto tan buena que podía jugar con el mouse de la laptop. Ahí descubrí mi lado competitivo.
—¿No es complicado ser mujer en la comunidad ‘gamer’?
En todos lados es complicado surgir, hagas lo que hagas, seas mujer u hombre.
—Más allá de eso, ¿no hay una mentalidad machista?
Sí, la hay en muchas de las cosas que hagas. Pero para mí esto nunca fue algo netamente para hombres. Siempre vi a los videojuegos como un refugio, me sentía cómoda, sentía que encajaba y era mi escudo con el que podía hacer cualquier cosa. Nunca vi que ser mujer lo hiciera más complicado, simplemente era alguien más.
—¿Cuán complicado resulta hacer ‘streaming’?
Me tomó como tres semanas acostumbrarme a que la gente me pudiera criticar. Al inicio me tapaba la cara, recuerdo que solo se veía mi cabello –que por ese entonces era azul– y me escribían diciendo que era una burbujita de Yola. Cuando empecé solo había un par de mujeres que transmitían en el Perú.
—Con tantos seguidores debe ser inevitable sentirse famoso...
No, para nada. Mis amigos cercanos me fastidian pero nunca me he sentido por encima de mis seguidores. Al contrario, debo agradecerles a ellos porque no siempre van las cosas bien. A veces no le caes a alguien y te crea un rumor porque muchos buscan que el mundo de los videojuegos se vuelva como la farándula. Es complicado. En todo este tiempo he conocido amigos que destacan en muchos juegos por su disciplina, le dedican tiempo al juego y cuentan con una gran habilidad, ellos son mucho más humildes que el que se siente el mejor del mundo por ganar un torneo. Muchos dicen que la comunidad peruana es una de las más tóxicas.
—Hace un año el club alemán Wolfsburgo contrató a un joven para que lo representara en torneos de videojuegos. ¿Cuán lejos estamos de eso?
Los jugadores profesionales en el mundo viven en función de ‘sponsors’ y ganar torneos. Por torneo pueden ganar tranquilamente 6 mil dólares. Acá nos falta muchísimo. En Dota hay premios grandes, lo cual permite que cada miembro del equipo gane cerca de US$500, pero eso es en Dota. Hay muchas comunidades pequeñas que son ignoradas. Estamos avanzando, pero aún estamos muy atrás respecto al resto de Latinoamérica.
















