En homenaje a , compartimos 20 historias en torno a nuestro Premio Nobel, las cuales están divididas en cuatro entregas. A continuación los enlaces de los demás relatos:

Poco antes de presentar un libro de Vargas Llosa

(Foto: Miguel Bellido / El Comercio)
(Foto: Miguel Bellido / El Comercio)

Alberto Fuguet (escritor chileno)

Estamos en el último piso del Marriott, un salón VIP. Yo presentaré La fiesta del Chivo. ¿Por qué yo? Me gustó, sí, pero tampoco tanto: mucho militar, mucho dictador. Estoy nervioso. El otro presentador no ha llegado. Como le gusta la política, supongo que se hará cargo de esa parte. Yo no pude escribir nada, salvo algo personal. Una carta a un crush, una declaración de amor y gratitud. Parte así: Ser joven nunca ha sido fácil. Ser joven y no contar con tu padre, menos. Ahora bien, todo se complica aún más, si uno es joven, quiere ser escritor y anda buscando un padre por ahí. Un padre literario. Un padre a secas. ¿Me habrá leído? No creo. Pero algo me dice que le caigo bien. Me dice: “Gracias por presentarme. Gracias por el apoyo. Sé que no hablar bien de mí es correcto”. “Obvio”, le respondo, pálido. Y callo. Vargas Llosa, lo noto, procesa peor las emociones que yo. Ya hemos cenado antes, en Madrid, en 1997. Esto es el 2000. Él vuelve a Lima tras diez años. Yo aún no sé que iré con él. Que, tras vomitar mis nervios en el baño del hotel, aceptaré el encargo. Seré su sombra. Una revista publicará una foto: el escritor y su groupie. En los sofás naranjas del lounge, me dice: “Tinta roja es muy La tía Julia”. “Sí —le digo— pero sin la tía Julia”.

Desde acá se ve todo Santiago. Me siento en la cima del mundo.

Mil noches y una revelación

Vanessa Saba (actriz - coprotagonista de “Las mil noches y una noche” junto con MVLL)

Alguien me criticó en una red social por escribir algo cariñoso por la partida de Mario sugiriendo que él no merecía ningún halago; alguien que se siente moralmente superior, sin serlo, como suelen ser quienes señalan a otros con el dedo; esos que gritan “yo estoy bien, el monstruo es otro” representando a la perfección la frase “dime de qué alardeas y te diré de qué careces”. Mario no alardeaba. Ni siquiera cuando, poco después de ganarse el Nóbel, nos encontramos con el equipo para el primer ensayo de “Las mil noches y una noche”. Quise felicitarlo emocionada, pero Mario cambió de tema inmediatamente. Quería saber de mí, en vez de detenerse en su reciente éxito. Puedo no estar de acuerdo con él en muchas cosas, pero yo fui testigo del respeto con el que nos trató a todos en ese montaje. Tampoco pensaba él como yo en ciertos temas, pero eso no impidió que me tratara con la mayor consideración. Qué lección para estos tiempos en los que estamos tan propensos a destruirnos y tan reticentes a escucharnos y respetarnos. Gracias por todo Mario.

La utopía de acompañar a Mario al teatro

(Foto: Britanie Arroyo Dueñaz)
(Foto: Britanie Arroyo Dueñaz)
/ GESAC > BRITANIE ARROYO

Carlos Granés (escritor, ensayista y compilador de la obra periodística de MVLL)

Mario nos llevó a Verónica Ramírez y a mí al teatro a ver “La costa de la utopía”. La obra de Tom Stoppard cuenta la historia de los revolucionarios rusos y los debates filosóficos entre 1833 y 1866, en el contexto de la Rusia zarista. Un montaje de 9 horas de duración con dos intermedios. En total: 11 horas. ¡Y en ruso! Nos tocaba leer los subtítulos para enterarnos de lo que ocurría.

Mario, amigo de Stoppard, ya la había visto. Aún así, repitió la experiencia con enorme entusiasmo. Y claro, era una experiencia que dejaba derrotado a casi todo el mundo. Sin embargo, gracias a los comentarios que hacía en los recesos, nos dábamos cuenta de lo emocionante que podía ser la vida cuando está atravesada por las ideas, por la belleza, por la estética, por las ideas literarias. Justamente lo que mostraba esa obra.

Al final, Mario nos contagió por completo de su entusiasmo: acabamos fascinados, formando parte de esa secta de espectadores que aguantaron la obra hasta el final, convencidos de que la verdadera vida era esa, la del escenario, y que, por el contrario, la existencia en la calle resultaba anodina y trivial. Fue una experiencia interesantísima. Inmersos en la ficción durante horas, encerrados en un teatro, viviendo el acontecimiento escénico y hablando luego en torno a él. Todo un desafío.

Entre el Ulises y un sándwich de gorgonzola

(FOTO: ALESSANDRO CURRARINO / GEC)
(FOTO: ALESSANDRO CURRARINO / GEC)
/ Alessandro Currarino

Verónica Ramírez (periodista y escritora)

En un viaje a Dublín para investigar la vida de Roger Casement, protagonista de El sueño del celta, Mario Vargas Llosa decidió ir a comer a Davy Byrne’s Pub, en la calle Duke, pero no para pedir el sándwich de gorgonzola con vino borgoña, como lo hace Leopold Bloom en el Ulises de James Joyce. Ese menú le parecía demasiado frugal para alguien como él, que disfrutaba —sobre todo y especialmente— de la comida. Además de una hamburguesa con papas fritas, devoró también el escenario de una de sus novelas favoritas. “Deberíamos ir a la Torre Martello, donde empieza todo”, me dijo.

En un auto alquilado con el timón a la derecha, que convertía cada esquina en un peligro de muerte, llegamos a Sandycove, una playa con más rocas que arena, austera, vacía, anodina para el común de los mortales, pero no para él, que caminaba rumbo a la Torre Martello recordando el inicio de la novela, cuando Buck Mulligan desciende de la azotea con un espejo y una navaja en la mano. Conmovida por la devoción que Vargas Llosa sentía hacia sus grandes referentes literarios, me atreví a decirle que conocía a alguien que tenía una primera edición del Ulises. ¿Tú crees que podría conocerlo?, dijo. Así comenzaron las gestiones para que, semanas después, subiera las escaleras de aquella casa de Tirso de Molina, en Madrid, donde Joaquín Sabina, entre primeras ediciones de Lorca o Virginia Woolf, guardaba, efectivamente, un ejemplar del Ulises. Mario deslizó la mano por la cubierta, acarició el lomo, olió las páginas publicadas en 1922 y, finalmente, leyó las primeras estrofas de una de sus novelas más admiradas. Entonces soltó esa carcajada amplia y luminosa con la que celebraba, como el niño que a veces era, las cosas que realmente le importaban: los libros, la comida y el inicio de las grandes amistades.

El hombre que sabía escuchar

Hernán Migoya (escritor español)

De mis encuentros con Mario Vargas Llosa me quedo con su insaciable curiosidad y su ausencia de prejuicios culturales. Como escritor que también guioniza cómics, estoy acostumbrado al desdén de muchos de mis colegas literatos hacia ese medio. Sin embargo, cuando le regalé a Mario algunas de mis novelas gráficas, no solo las leyó, sino que estuvimos un buen rato hablando sobre el proceso creativo que implican. Para mi pasmo, él me aseguró que jamás se sentiría capaz de imaginar una historia en viñetas ni de plasmar un guion de cómic. Que eso te lo diga MVLL resulta de un impacto indescriptible. Desde esa lejana noche de hace veinte años, pienso mucho en la humildad con que me lo confesó. No presumía de estar al tanto de las novedades en historieta, pero tampoco menospreciaba el medio. Simplemente expresaba con total humildad y respeto que era un profano en la materia. La prueba de esa humildad y respeto está en que, cuando gracias a su mediación encarrilé la adaptación a novela gráfica de La ciudad y los perros, su respuesta inmediata fue: «Estoy seguro de que harás un trabajo soberbio y te prometo que no me inmiscuiré para nada en esa versión al cómic».

Como dicen en Perú, un tipazo.

Contenido Sugerido

Contenido GEC