Provocadores e independientes, los cínicos heredaron de Sócrates su ideal de buscar, ante todo, la virtud. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Provocadores e independientes, los cínicos heredaron de Sócrates su ideal de buscar, ante todo, la virtud. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Por Pedro Cornejo

En uno de sus ensayos, llamado “El sacerdote y el bufón”, incluido en su libro El hombre sin alternativa ( 1970 ), el pensador polaco Leszek Kołakowski distinguía dos actitudes filosóficas: por un lado, la postura sacerdotal que trata de explicar el mundo a partir de un fundamento unitario, monista y absoluto, que haría que la realidad se vuelva transparente e inteligible de una manera racional, sistemática y totalizadora; por otro lado, el talante bufonesco que socava los cimientos de las teorías que parecen más sólidas, cuestionando sus presuntas certezas, descubriendo en ellas inadvertidas contradicciones y despertando, una y otra vez, la duda y el asombro como disposiciones originarias del espíritu filosófico. Consciente de que ambas actitudes son indispensables para la continuidad y renovación del quehacer filosófico, Kołakowski admite, sin embargo, su inclinación “por la filosofía del bufón, es decir, por la actitud de lúcida desconfianza ante todo absoluto”.