
En el 2008, el distrito de Hackney en el Reino Unido redujo la velocidad en todas sus calles residenciales a 20 millas por hora (30 km/h). La estrategia justamente fue incentivar que las personas caminen y que los niños empiecen a jugar otra vez en las calles, recuperando la calle como espacio público. Además, se consideró que la reducción de la velocidad facilitaría el movimiento de bicicletas sin la necesidad de construir ciclorrutas segregadas por ser velocidades compatibles. En la práctica, el efecto ha sido notable. Después de la reducción de velocidad (de 50 a 30 km/h) la cantidad de accidentes en Hackney se redujo a la mitad.
Otro estudio de Madrid encontró que la implementación de zonas 30 (de baja velocidad) resultó en la reducción en el consumo de combustible y en las emisiones de monóxido de carbono, óxido nitroso y partículas. Además ha mostrado que los límites de velocidad de 30 km/h reducen los tiempos de viaje para el transporte público y los autos, ya que hacen que los cruces funcionen eficientemente, promoviendo el transporte sostenible.
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La idea para hacer vías de baja velocidad se originó con la publicación del informe Buchanan, publicado en 1963 para responder al “conflicto de facilitar acceso para el tráfico vehicular evitando la destrucción del tejido residencial y arquitectura de la calle”. Estos conceptos fueron implementados primero en Holanda en 1969 con las calles compartidas o ‘woonerf’ que integraron la vereda y calzada para crear una superficie flexible que permite otras actividades como el juego de niños, dando prioridad al movimiento peatonal.
Desde entonces la idea de calles compartidas y zonas 30 ha sido introducida en muchas ciudades en todo el mundo. Recientemente, el Consejo de Seguridad de Transporte de la Comisión Europea ha pedido la introducción de zonas de baja velocidad para todas las zonas residenciales, y en noviembre del 2014 la ciudad de Nueva York redujo su límite de velocidad en todas las calles y avenidas de la ciudad como parte de su Plan Visión Zero. Basado en la iniciativa sueca con el mismo nombre, la premisa de este plan es que los choques de tráfico no deben ser considerados accidentes, sino incidentes evitables, y que ninguna fatalidad por accidente de tránsito debe ser aceptable.
Justamente por esto el número 30 es simbólico. Según un estudio del Departamento de Transporte del Reino Unido, la probabilidad de una fatalidad de un peatón atropellado a 60 km/h es 85%. A 50 km/h la cifra baja a 45%, pero a 30 km/h el número baja a 5%.
Estas políticas parecen ocurrir en un mundo paralelo al de Lima, donde según el OMS, el 78% de las víctimas mortales por accidentes de tránsito en el Perú son peatones. Esta cifra es de lejos la más alta en el continente, con Ecuador en segundo lugar con 43%. Aquí, más que en cualquier otra ciudad de las Américas, la necesidad de recuperar nuestras calles para los peatones es urgente.

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