Institucionalizando el retroceso, por Oswaldo Molina

“Convocar a los mejores y fortalecer al Estado debe ser entendido como un paso ineludible y urgente para construir un sector público cercano a las necesidades de los peruanos de a pie”.

    Oswaldo Molina
    Por

    Economista. Director ejecutivo de la Red de Estudios para el Desarrollo (Redes).

    Resumen

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    "En el fondo, parece que estuviésemos presenciando la institucionalización de un proceso de desarticulación de la función pública" (Ilustración: Giovanni Tazza / El Comercio).
    "En el fondo, parece que estuviésemos presenciando la institucionalización de un proceso de desarticulación de la función pública" (Ilustración: Giovanni Tazza / El Comercio).

    Cuando uno piensa cómo el Estado puede ayudar de manera concreta a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, casi de inmediato viene a nuestra mente la capacidad de transformar vidas de los servicios públicos de calidad. Piensen por un minuto cuán transformador puede ser para un peruano vulnerable contar con un Poder Judicial probo, una educación y salud pública de primer nivel o sencillamente agua potable en su vivienda. Sin embargo, si algo nos enseñó la pandemia, es precisamente que no basta con contar con recursos económicos para alcanzar buenos servicios públicos. Es necesario tener capacidad de gestión y un verdadero compromiso contra la corrupción (recuerden, por ejemplo, cómo a pesar de que el presupuesto público de salud se ha más que triplicado en la última década, ocho de cada diez establecimientos de salud del primer nivel de atención tienen todavía una infraestructura inadecuada). Ahora bien, detrás de los servicios públicos –y justamente de la capacidad de gestión y de la lucha anticorrupción– se encuentran personas. Personas que toman decisiones en diversos puestos del engranaje estatal. De ahí que llame tanto la atención la poca idoneidad de muchos de los altos funcionarios públicos designados por este gobierno. Nada más alejado del pueblo que un funcionario público que, sea por incapacidad o por intereses subalternos, no esté a la altura de sus responsabilidades y termine por afectar el bienestar de los peruanos, en especial de los más pobres. De hecho, los peruanos ya venimos siendo testigos de las consecuencias negativas del retroceso en la gestión del aparato público: tanto en cuestiones cotidianas, como la renovación del pasaporte o de los documentos de identidad, como en la persistente caída de la inversión pública.

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