Por Juan Pablo León Almenara

El día en que fue a comprarse una moto ni siquiera sabía encender una. El 1 de julio llegó en un taxi hasta una concesionaria de la avenida Nicolas Ayllón, en una cuadra repleta de ensambladoras y llanterías, como una sala de operaciones para resucitar mototaxis y combis antiguas. Al medio de la calle vio un edificio de tres pisos con algunas motocicletas expuestas en vitrinas. Nuestra fuente -a quien desde ahora llamaremos Sergio- bajó del auto y entró a la tienda. Pidió información de un modelo de tipo viajero. Ese día le dieron las llaves. Preguntó qué debía hacer para obtener el brevete BII-C. Le dijeron que ahí mismo se lo entregan en ‘combo’ por 150 soles. No le preguntaron si al menos sabía manejar. Solo le pidieron una foto pasaporte y su DNI escaneado. Tampoco le pidieron su tipo de sangre: ellos ponen cualquiera, al azar. Si hoy fuera impactado por un auto y necesitara una transfusión, a Sergio le terminarían poniendo un tipo de sangre que no le corresponde. Le dijeron que el brevete iba a estar listo en 15 días, así que aprovechó para aprender a manejar, como un niño que aprende a montar bicicleta: como un juego. Dos semanas después, este joven recibió un brevete de moto de la Municipalidad Provincial de Canta, una ciudad a la que nunca había ido.

Conforme a los criterios de

Trust Project
Tipo de trabajo: