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“La Navidad ha llegado”, rezaba el texto que acompañaba la foto de una pequeña de nombre Amelita Durand –quien debe de haber tenido unos cuatro años– cuando fue retratada por El Comercio mientras observaba un inmenso árbol, atiborrado de adornos y guirnaldas, en 1955. “La fiesta del amor y del hogar para los mayores, y de la alegría, el bullicio y... los regalos para los niños”, continuaba la descripción. Sin duda, la estampa más parece tomada en un departamento neoyorquino que en una casa limeña (algunos años antes se habían estrenado dos películas que marcaron la pauta sobre cómo “debía” lucir la Navidad: It’s a Wonderful Life, en 1946; y Milagro en la calle 34, en 1947), pero la fecha de esta imagen es clave.
La Navidad que hoy vivimos, como bien sabemos, mantiene las formas –o las normas– del estilo estadounidense. Empezando por Papá Noel y terminando en el pavo, que heredamos de la celebración de Acción de Gracias (gracias, más bien). Los detalles más peruanizados –aunque tampoco son del todo propios–, como la presencia obligatoria del panetón, fueron dándose de a pocos. La fiesta que tanto anhelamos es una construcción de piezas prestadas, ajenas, que se siente como propia. De todos los factores que en eso influyen, ninguno tiene tanto peso como la nostalgia.
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La década del 50, precisamente, resulta ser determinante: a finales de aquellos años, hacia 1958, no solo se inaugura en Lima la primera estación comercial de televisión (Canal 4), sino que también llegan al país los primeros aparatos televisivos para las casas. En el mundo, los cincuenta y sesenta son la época dorada de las series y programas televisivos; el impacto en el imaginario es, por lo tanto, irreversible. Desde ahí en adelante, la nuestra se convierte en una blanca Navidad, aunque el termómetro indique que es –y será siempre– todo lo contrario.
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Los chicos de ayer
La cocinera y empresaria gastronómica Carmen Hanza (fundadora de la cadena Charlotte, pioneros en menús navideños) también pasó su niñez durante la década del cincuenta. Con nueve hermanos en la mesa, padres y abuelos, su noción de la Navidad en aquellos años –como la de la mayoría de familias, especialmente con hijos numerosos– dista mucho de la actual. “La recuerdo, sobre todo, como una fiesta más austera, con mucho menos consumismo”, sostiene.
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“Era un día especial definitivamente, pero no se parece en nada a lo que tenemos hoy. Se vivía de una forma distinta. Para empezar, no tuvimos árbol hasta mucho después: una vez mis hermanos mayores tuvieron que traer unas ramas de los árboles de la avenida Pardo, las pintamos de blanco, las pusimos en una maceta y las decoramos en casa. Lo mismo va por la cena: había jamón (de la panadería), puré de manzana y camote, queso, panetón, panes y chocolate caliente. El pavo también llegó más adelante”. Las referencias de la televisión y la publicidad que Hanza recuerda entre finales del 50 e inicios del 60 efectivamente generaron ese primer gran cambio.
“Ahí es que la Navidad se empieza a vender de determinada manera”, indica. Las tiendas comienzan a decorarse con mucha más extravagancia y los ritos –quizá lo más trascendental– también se modifican: cuando era niña, Carmen recuerda que los regalos consistían en cosas que necesitaban (como ropa) y se abrían al día siguiente, la mañana del 25. Con sus hijos, quienes crecieron ya en los setenta, el panorama era distinto. “Nos prestábamos a los juegos, a hacerles creer que había venido Papá Noel, que los renos se habían ‘comido’ las zanahorias... ese tipo de cosas”, cuenta. La celebración también se vuelve más colectiva: diciembre se extiende, empieza a incorporar más eventos e incluso se vuelve costumbre visitar las casas de amigos o familia antes, durante y después de la cena de Nochebuena. La Navidad es, así, la fiesta del año.
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“Por supuesto que para eso ibas comprando de a pocos, casi siempre en el Mercado Central y más adelante también en las tiendas por departamento. Recuerdo que uno de los primeros encargos que tuvimos como Charlotte, en 1988 o 1989, fue preparar la torta navideña de Sears (hoy Saga Falabella, en Andrés Reyes) para invitar a los clientes. Cocinar, en general, era algo que se hacía con tiempo y durante todo el mes, porque había que alimentar a mucha gente. Ahora todo eso va a cambiar, y estamos volviendo a esos años más sencillos, pero no menos especiales”, finaliza Carmen. Como dice otra experta navidóloga, la gran Marisa Guiulfo, todo -eventualmente- vuelve.
La noche, buena
Si alguien conoce de pavos, fiestas y el buen apetito de los peruanos, ese es Félix Yong. Hoy, al frente de El Chinito (sanguchería fundada en 1960 por su padre, Félix Yong I, en el corazón del centro de Lima), él afirma estar más preparado que nunca para lo que venga este 2020. “Toda mi vida, desde que tengo uso de razón, estas épocas han sido de mucho trabajo para nosotros. Una Nochebuena en la década del ochenta llegamos a hornear 300 pavos, un récord que hasta hoy mantenemos”, asegura Yong. “Este año, sin embargo, no sabemos qué pasará”. Ha habido otras crisis, muchas, y siempre ha habido esperanza en la cocina de El Chinito. Aquel es el espíritu que Yong mantiene este diciembre.
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“Yo crecí durante los años setenta. Para ese entonces la Navidad todavía no era tan comercial; la recuerdo más bien con muchos momentos para compartir: comida, conversaciones, ocurrencias... la cena siempre se acomodaba al presupuesto”, señala. Sin haberlo planeado, fue su padre quien, de hecho, contribuyó a difundir un bocado navideño por excelencia que hoy es pieza central de la celebración: el pavo.
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Nuestra tradición se inclinaba más hacia el consumo de lechón, gallina, pato, cordero. “Para la década del 70, el pavo se empezó a popularizar porque era más rendidor. No se puede comparar un pavo de 17 o 18 kilos (como era antes) con un pollo de kilo y medio”, dice Félix. Lógica hay. La historia cuenta que su padre y homónimo se había contactado con una granja cercana (más adelante se quedarían con San Fernando) para probar qué tal le iba con sus sánguches y estas aves enormes y generosas en tamaño, pero menos sabrosas que otras carnes en gusto.
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El truco estuvo en el aderezo criollo-oriental que don Félix Yong convirtió en su sello, y así el sánguche de pavo de El Chinito se volvió la estrella de la casa, superado –aunque nunca olvidado– solo por el chicharrón. “Lo gracioso”, termina su hijo, “es que en casa comemos cualquier cosa menos pavo en Navidad”.
Lo cierto es que no importa realmente qué haya o no en la mesa este 2020, ni qué costumbres se mantengan, insiste Yong. La verdadera riqueza en un año como el que estamos despidiendo es tener a la familia completa; no junta, pero sí completa. Un deseo que no todos podremos ver cumplido esta Navidad. Lo que sí podemos hacer es seguir cuidándonos: aquel es el mejor regalo que podremos dar.
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NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.

















