Por Oscar García

El espectador que compra su canchita y se acomoda en su butaca muchas veces no lo sabe, pero las bambalinas de una producción cinematográfica pueden ser auténticos campos de batalla. Y el principal de todos es la sala de edición. Allí ya no se discuten actuaciones ni encuadres. Se discute sobre el tiempo. El director defiende la duración necesaria para contar su historia; el productor, en cambio, hace las matemáticas y calcula cuántas funciones diarias caben en una sala. Mientras más larga la película, menos proyecciones y, por tanto, menos dinero recaudado. Esa discusión, tan antigua como el cine, ha dejado a su paso obras recortadas en su exhibición. En el caso de “Kill Bill”, de Quentin Tarantino, la historia nos llegó partida en dos.

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