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“¡Viva el Perú! (solo si es en acto oficial)”
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Se acercan las Fiestas Patrias, días en que las banderas, el escudo y las escarapelas llenan las calles. Símbolos que expresan el orgullo y la identidad de los peruanos. Y esta es la ocasión perfecta para reflexionar sobre el intento de restringir su uso y someterlo al control estatal.

En mis años trabajando en marketing, he aprendido que una marca cobra fuerza cuando las personas la sienten propia. Seth Godin y Simon Sinek coinciden: las marcas más fuertes son las que las personas adoptan, reinterpretan y hacen parte de su identidad.

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Maro Villalobos

Tal vez sea ese viejo reflejo autoritario que arrastramos: creer que todo se arregla con leyes y sanciones. La Ley N.º 32251, impulsada por el congresista Wilson Soto (Acción Popular, abogado egresado de la César Vallejo), busca restringir el uso de los símbolos nacionales y limitar su presencia fuera de los actos oficiales, educativos o protocolares. Aunque la intención sea protegerlos, el efecto termina imponiendo un control estatal sobre lo que debería ser una expresión libre de identidad y orgullo.

Y si algo sabemos en branding es que las marcas que se alejan de la gente… se apagan. ¿Desde cuándo llevar la bandera en una camiseta, pintarla en un mural urbano o incluirla en una campaña respetuosa es un “mal uso”?- Coca-Cola, por ejemplo, ha entendido que cuando una marca se abre a la diversidad y permite que las personas se reconozcan en ella, se vuelve más poderosa. Su reciente campaña “Todas las Coca-Colas son bienvenidas” lo demuestra con claridad ()

Proteger los símbolos es válido. Pero, si para hacerlo se limitan las libertades, entonces ya no es protección: es control.El Estado puede promover el respeto a los símbolos patrios, pero nunca a costa de las libertades. En lugar de prohibiciones, hay rutas que exigen mayor esfuerzo: la educación cívica, el fomento del uso positivo y la sanción solo para casos graves de ofensa deliberada.

El Perú ya aprendió —por las malas— lo que trajo el control estatal: intervencionismo, control de precios, desconfianza al ciudadano… como consecuencia, cuando el Estado intenta regularlo todo, termina alejando a las personas de aquello que debería acercarlas.

Si de verdad se quiere fortalecer el respeto a los símbolos patrios, en un país donde millones enfrentan carencias básicas —salud, educación, seguridad—, ¿no sería mejor legislar para generar empleo, cerrar brechas sociales, garantizar servicios públicos y combatir la corrupción?

Los símbolos nacionales no se fortalecen encerrándolos en protocolos ni alejándolos de la gente. Su verdadera fuerza nace cuando forman parte de la vida diaria: cuando aparecen en las celebraciones, en los emprendimientos o en la expresión creativa de las personas. Eso no los banaliza, todo lo contrario; los acerca. Los países que consolidan su identidad son aquellos donde sus símbolos viven en la cultura popular y en el orgullo cotidiano de su gente.

Por eso, alejarlos por miedo a la “trivialización” es un error. Revela una mirada miope, desconectada de la realidad social y cultural del Perú, porque cuando un símbolo no se usa, se enfría; lo que se enfría, se olvida y lo que se olvida, no se respeta.

Si hay que pedir permiso para sentir orgullo, ya no es orgullo. Y, si hay que reglamentar la identidad nacional, es porque el Estado no confía en los propios peruanos.

Paul Thorndike, es CEO de VML y miembro de EsHoy

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