Estamos ante un mundo nuevo que empieza a perfilarse sutilmente. Lo que nos toca es tener fe en nosotros como especie.
Estamos ante un mundo nuevo que empieza a perfilarse sutilmente. Lo que nos toca es tener fe en nosotros como especie.

En la actual situación de pandemia, hacemos frente a una plétora de datos inciertos y nos vemos en la necesidad de tomar decisiones de diversa índole. Nuestra situación se ha tornado más compleja que antes, pues escapa a nuestros cálculos diarios y, por su parte, los expertos también tienen sus propios sesgos (v.g. el sesgo de selectividad); lo cual nos muestra que a fin de cuentas todo conocimiento, aún el conocimiento científico, es falible. Ahora somos más conscientes de la fragilidad del ser humano, de los paradigmas que nos impiden pensar en distintas formas y de las grandes limitaciones de nuestras fuerzas. Ante esta situación, me parece, se yergue la alternativa de confiar en el otro y tener fe en él.

Cierto tipo de decisiones que son propias de situaciones extremas, como las que se dan en la guerra, y que hasta hace poquísimos meses eran ajenas a nuestras preocupaciones, las vemos presentes en los distintos medios de comunicación masiva. La particularidad de estas decisiones es la dramática carencia de recursos. Piénsese en el siguiente ejemplo. Sean dos pacientes de Covid-19, uno de 20 años y otro de 60 años, quienes necesitan de un ventilador y solo se dispone de uno. ¿A quién debe asignarse el único ventilador? La decisión debe tomarse rápidamente; nuestros conocimientos sobre la enfermedad son precarios. En ningún caso es sencillo preferir una vida sobre otra (sea la vida como tal, sea la vida de cada uno de los pacientes). No cabe más que actuar con la información disponible, sin exigir los estándares de la corrección ni que la información sea verdadera. Como quiera que debe tomarse una decisión, lo que hemos de pedir es que se haga “lo mejor posible”.

Nuevos paradigmas

Ahora, estamos ante un mundo nuevo que empieza a perfilarse sutilmente. Los modelos y paradigmas, en los que fuimos formados y que nos bridaron tanto éxito y seguridad, no sirven más o sirven de muy poco. El mundo está lleno de preguntas inéditas y nosotros impotentes, nos hallamos ante la incertidumbre y no tenemos ya la capacidad para ser asertivos y tomar un rumbo de acción determinado.

¿Qué hacer ante todo ello? Creo que lo que nos toca es tener fe en nosotros como especie y, pese a nuestra ignorancia, caer en la cuenta de que algo conocemos, por muy poco que parezca. No debe detenernos el hecho de que la gran parte de la información que poseemos no sea lo químicamente pura que se quisiera. Hemos de tener presentes dos cosas: primero, que esa es la situación mundial y es propia de esta nueva era; y segundo, que lo que nos queda “es hacer lo mejor posible” con tal conocimiento seminal y tomar decisiones sobre la base de lo plausible. Sobre esto último, nótese que cada información (esto es, el dato empírico) es plausible de acuerdo con la jerarquía probatoria que tiene; de tal forma que el conjunto de tales datos será tan plausible como lo es el dato o eslabón más débil de dicho conjunto.

Renunciar a las visiones extremas

Así, lo plausible no es un sucedáneo de la verdad, sino representa la marca esencial de nuestra capacidad de adaptarnos a nuestro entorno expresando nuestra propia identidad. Esto último nos lleva a cuestionar la dicotomía de lo verdadero y lo falso; así como también, de lo correcto e incorrecto, y admitir que solo podemos hacer lo mejor posible, y que hemos de satisfacernos únicamente con una información imperfecta aun cuando sepamos que podemos estar grandemente equivocados.

Lo anterior no equivale a caer en la peor versión del todovale. Ello simplemente sería la renuncia a nuestra propuesta como especie humana. El cuestionamiento de las dicotomías de lo verdadero-falso y de lo correcto-incorrecto no conlleva al relativismo radical. Nuestra propuesta ha de ser la renuncia a las visiones extremas y relevar ahora más que antes los matices y los contextos. Asimismo, hemos de ser conscientes que la acción humana es ineludiblemente falible, esto es que, si bien es cierto que en el largo plazo estamos sujetos a error, no obstante, en el corto plazo nuestras decisiones son plausibles y representan lo mejor que podemos hacer dadas nuestras difíciles circunstancias.

Pongamos otro ejemplo. Hemos visto cómo el gobierno peruano ha tenido que adoptar la difícil decisión de ampliar la cuarentena. La información disponible es imperfecta, los expertos no tienen un conocimiento exacto ni están de acuerdo entre ellos y los modelos disponibles son provisionales. Pese a ello, el gobierno debe tomar una decisión. En este caso tampoco hemos de exigir que tal actuación se haga bajo los cánones de la verdad y la corrección, sino únicamente sobre una base plausible.

Lo anterior no significa que hemos de eludir nuestras responsabilidades aduciendo ignorancia e incapacidad de aserto. La acción plausible no se sustenta en una decisión arbitraria. Es la manifestación de nuestra limitación propia. Nada de lo que históricamente logramos durará para siempre y pese a ello obtuvimos el éxito como tal. Así, lo plausible se condice con la naturaleza humana, pues es la expresión básica de la razón y muestra nuestro paso por este mundo.