Una frase conocida de Ortega y Gasset señala que nunca le dio importancia al acto de respirar hasta que una ola lo arrastró y casi lo ahoga. El filósofo español ponía el énfasis en que, gracias a los beneficios de las costumbres, olvidamos todo aquello que dábamos por hecho: usar nuestros cinco sentidos, poder comunicarnos y realizar movimientos autónomos. Uno de estos es la posibilidad del prodigioso acto de caminar. La caminata por medios propios señala el inicio de la autonomía de los niños, el inicio de la vida propia y a la vez un movimiento complejo y extraordinario.
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Después de varias semanas de una cirugía, he podido caminar de nuevo, distancias cortas y con bastón, gracias a mi médico y mi fisioterapista. Un poco de voluntad propia también ha contribuido. El acto de pisar y de sostenerme es una revelación. Que todo el ensamblaje de los músculos, las articulaciones y los huesos se organice para transportarnos en una sincronía metódica puede sonar a un hecho común si no fuera porque también es un acto natural y precioso. Uno se siente asombrado de ese movimiento, imaginando todo aquello que se mueve en nuestro organismo y nuestra mente. Desde hace un tiempo pienso en las personas valerosas y heroicas que han perdido la posibilidad de caminar y compensan esa carencia con los beneficios de la imaginación.
Algo de eso sabía Henry David Thoreau cuando escribió su famoso libro “El arte de caminar” que apareció en 1851. Para el filósofo trascendentalista norteamericano, caminar supone entablar una conexión con la naturaleza. Digamos que uno puede hacer descubrimientos mientras camina. Puede avanzar y detenerse, mirar los alrededores, contemplar algún árbol o una casa o a alguien que pasa a nuestro lado. Nada de eso es posible si uno se sube a un vehículo que va por el mundo a toda velocidad. El otro beneficio que encuentra Thoreau a la caminata es la posibilidad de ejercer la libertad. Uno no depende de otros cuando camina. Está con uno mismo.
Ahora que puedo caminar otra vez, cuando he salido al barrio en el que vivo, me encuentro con los seres de la calle que siempre son bienvenidos por su extrañeza. Un hombre joven que pasa silbando un vals, una señora con un perro que la mira con la boca abierta por la adoración, una pareja que se sienta en una banca en un estado de sopor amoroso. Y el personaje que no falta en el barrio en el que vivo, el hombre que camina por un parque mientras da lecciones de Filosofía del Derecho. Lo sé porque mientras camina, va diciendo: “La filosofía del Derecho es la rama de la filosofía que se refiere a la justicia.” A veces le pongo a su letra la música de una cumbia o de un bolero, que da paso a una declaración de amor. Podría ser la filosofía del derecho de amar.
Ahora que el sol vuelve a acariciar algunas mañanas limeñas, la caminata cobra un nuevo sentido. El mundo se ilumina, florece en sus detalles, está más cerca. Recuerdo la frase de Proust. Si uno observa un objeto el tiempo suficiente, se dará cuenta de que se trata de un milagro. En un medio tan violento e injusto, con sicarios, extorsiones y la casi ausencia de un gobierno, uno se refugia en los pequeños milagros cercanos. Caminar de nuevo, poco a poco, es un redescubrimiento del mundo, tal como esperamos que sea.