Cuatro de los fundadores de la Sociedad Peruana de Filosofía: Racso Miró Quesada, Honorio Delgado, Alejandro Deustua y Francisco Miró Quesada Cantuarias. (Fotos: Archivo El Comercio)
Cuatro de los fundadores de la Sociedad Peruana de Filosofía: Racso Miró Quesada, Honorio Delgado, Alejandro Deustua y Francisco Miró Quesada Cantuarias. (Fotos: Archivo El Comercio)
Rubén Quiroz

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El 9 de octubre de 1940 el notable ensayista Víctor Andrés Belaunde y un grupo de intelectuales visionarios fundaron la (SPF). La primera mesa directiva estuvo encabezada por el venerable Alejandro Deustua, a quien nombraron presidente honorario en reconocimiento a su gran influencia en la comunidad filosófica nacional. Deustua había sido un crítico vigoroso contra la hegemonía positivista que quería invalidar todo tipo de conocimiento que no se atuviera a las reglas del método científico. Desde su posición espiritualista, promovía que el arte y la literatura eran formas tan válidas como las diseñadas en claves cientistas. En pocas palabras, no todo conocimiento viene de las fuentes dadas por el método científico. La vida está compuesta de otras formas de conocer que tienen un estatus epistemológico legítimo.

Esta tesis cuestionaba el paradigma positivista imperante a comienzos del siglo XX. Deustua, así, se convierte en un difusor de los discursos estéticos y de todo aquello que revaloraba las artes en general. El positivismo era una ideología dominante. Ergo, había que estar en alerta permanente frente a representaciones absolutistas. Son sus discípulos de la Universidad de San Marcos quienes ven en la filosofía un camino de lucha contra los discursos totalitarios. Un país que no valora la importancia de la reflexión está condenado a repetir sórdidamente sus errores. Los peruanos tenemos esa afición por convertir a Sísifo en referente: una y otra vez no solo empujando la misma y pesada piedra, sino tropezando con ella sin pudor. Por lo tanto, había que crear espacios, lugares, esferas de reflexión persistente y de irreductible activismo filosófico. Es bajo esa atmósfera que nace como respuesta institucional la SPF. Y lo hace fuera de los muros universitarios. Es que muchas veces la universidad es más defensora del statu quo que un espacio para deliberar.

Un equipo diverso

Entre sus primeros integrantes estaban Honorio Delgado, el perspicaz médico y filósofo; Francisco Miró Quesada, quien llegaría a brillar como lógico y pensador continental; José de la Riva-Agüero, ya sustancial e influyente intelectual; Alberto Wagner de Reyna, diplomático y dedicado existencialista; Guillermo Salinas Cossío, destacado abogado y filósofo del arte; Oscar ‘Racso’ Miró Quesada; y Mercedes Gallagher, feminista, benefactora e historiadora del arte. Eran un grupo tan múltiple como deslumbrante: el Perú y sus filósofos.

Surgió en años totalmente difíciles para el mundo. Una guerra global demostraba tristemente cuán hondo puede caer la humanidad. La poca cavilación sobre nuestros propios actos podía llevarnos directamente al abismo o hacernos creer que somos impunes. Es que lo irreflexivo siempre distorsiona la percepción de las cosas. Y el no saber la diferencia entre el bien y el mal es el inicio del caos, el desgobierno inminente, la decadencia inevitable. Por ello, la nace como una zona de diálogo lúcido, y a la vez seductor y respetuoso. No hay cabida para los sofistas intrigantes, ni leguleyos acechantes ni aventureros churriguerescos. Es, desde su génesis, una plataforma de discusión responsable, con rigor académico, que promueve la difusión de todo pensamiento filosófico, como bien reza su estatuto fundacional.

Los fundadores estaban convencidos de que era necesario un constante pensamiento crítico para enfrentarse a las ideologías autoritarias. Por ese motivo, la filosofía era un instrumento primordial para cuestionar las verdades asumidas como totales y únicas. No hay nada más aterrador que un discurso se asuma como la única explicación de las cosas e implemente un solo modo de interpretar. El modelo de pensamiento más peligroso es aquel que se erige como discurso totalizante y abarcador. Si ello sucede, se termina la deliberación y se da pase a una insaciable secta, a un modo de fanatismo.

Por eso, es imprescindible filosofar, proclaman los creadores de la SPF. Aunque dedicarse a esta tarea en nuestro país es épico y también de una gran responsabilidad, es, desde esa conciencia cívica, comprometida, incansable, que los integrantes de este activo gremio asumieron liderar y organizar a los pensadores peruanos. La filosofía no podía estar callada. Para ello, emprendieron debates sobre los problemas contemporáneos, seminarios en los que profundizaban sobre el conocimiento, una verdadera y valiente comunidad de filósofos que dialogaban inagotables en la ciudad. Como resultado de su labor, publicaron los memorables Archivos de la Sociedad Peruana de Filosofía, cuatro fascinantes tomos aparecidos entre 1942 y 1957, que son una cartografía de la cúspide que puede alcanzar la inteligencia peruana. A la par, editaron la más importante colección filosófica peruana hasta la fecha: Óscar Miró Quesada, Walter Blumenfeld, Alberto Wagner de Reyna, Luis Felipe Alarco, Francisco Miró Quesada, Walter Peñaloza, Jorge Guillermo Llosa, Domingo García Belaunde y la maestra defensora de los derechos de la mujer Nelly Festini. Varios de sus miembros tuvieron una vida llena de planes y proyectos intelectuales, una agenda cognitiva fascinante.

David Sobrevilla, disciplinado y acucioso filósofo, decía de la SPF que era una de las propuestas más ambiciosas de la República, la importancia del poder del cognitariado, pensante y operante, como sostiene Edgar Montiel, otro asociado muy activo. Una de sus últimas presidentas fue María Luisa Rivara de Tuesta, una lideresa infatigable, cuya luminosidad dejó un espléndido desafío para los que continuamos con ese programa intelectual. Actualmente, es la asociación filosófica más histórica y activa del Perú, desarrolla permanentes actividades y asume parte de los retos del gremio. El desafío que se vislumbra es maravilloso: construir una memoria colectiva enhebrada por los múltiples sistemas de pensamiento y las lenguas heterogéneas de las que estamos prodigiosamente compuestos.

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