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El cercamiento conceptual de la música, por Marco Aurelio Denegri

En su columna de esta semana, el polígrafo habla del talento sin punto de comparación de compositores clásicos como Mozart, Bach y Chopin

Marco Aurelio Denegri

“Aquí no están en juego razones, sino emociones y sentimientos, vivencias, y todo ello no es conceptuable", escribe Marco Aurelio Denegri. (Foto: El Comercio)

“Aquí no están en juego razones, sino emociones y sentimientos, vivencias, y todo ello no es conceptuable", escribe Marco Aurelio Denegri. (Foto: El Comercio)

“Aquí no están en juego razones, sino emociones y sentimientos, vivencias, y todo ello no es conceptuable", escribe Marco Aurelio Denegri. (Foto: El Comercio)

Los etnomusicólogos de la Unesco no logran entender todavía por qué los nativos de África prefieren a Bach y no a Mozart ni Beethoven. Jamás habían oído a ninguno de los tres, pero cuando los oyeron, el voto unánime fue para Bach. ¿Por qué? Hasta ahora la ciencia no ha podido averiguarlo.

Tampoco se explican los científicos el hecho de que Mozart, antes de sentarse al pupitre a componer, ya tenía en la cabeza, acabada, TODA la composición. En Mozart no hay borradores, sólo unas cuantas tachaduras y enmiendas. (Cf. Claus-Hening Bachmann, “La Flauta Mágica: anotaciones de un diario salzburgués”. Humboldt, 1991, 32: 103, 49-50.).

Tres grandes músicos que conocieron personalmente a Chopin y que lo oyeron tocar –Berlioz, Schumann y Liszt−, declararon contestes, elogiándolo, que se trataba de un caso único y que sus interpretaciones eran induplicables. He aquí el testimonio de Berlioz: “Chopin, como ejecutante y como compositor, es un artista aparte. No tiene punto de semejanza con ningún otro de mi conocimiento.

Desgraciadamente, sólo Chopin puede tocar su música, y darle ese giro imprevisto que es uno de sus principales encantos. Su ejecución está salpicada de mil tonalidades de movimiento, cuyo secreto únicamente Chopin posee, y que no se podría precisar. “Hay detalles increíbles en sus mazurkas, y cuando las toca con extrema dulzura, los martillos que rozan apenas las cuerdas en el máximum del pianíssimo, dan deseos de acercarse al instrumento y de prestar oído, como lo haríamos en un concierto de silfos y de duendes.” (Citado por Guy de Pourtales, Chopin, 52.)

Decir que Mozart y Chopin fueron genios no es una verdadera explicación, sino el traslado del problema al campo de la biología y después al terreno de las investigaciones cerebrales. Ocurre, sin embargo, que los biólogos y los especialistas en el cerebro y los mejores neurólogos no saben nada de música ni de creación artística, de modo que consultarles sería perder el tiempo, sería tan inútil como pedirles que nos definan el SWING.

Aquí no están en juego razones, sino emociones y sentimientos, vivencias, y todo ello no es conceptuable. Los intérpretes no son pensadores, sino sentidores. La calidez, energía y viveza de una interpretación, el espíritu de ella, lo que en inglés se llama soul, no es racional, sino irracional, y no porque se oponga a la razón, sino porque va fuera de ella. En suma, digámoslo como Rubén Darío: de lo que se trata verdaderamente es de lo sentimental, sensible y sensitivo.

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