José e Issa Watanabe. Fotos: Gonzalo Pajares y Percy Ramírez para El Comercio.
José e Issa Watanabe. Fotos: Gonzalo Pajares y Percy Ramírez para El Comercio.
Czar Gutiérrez

En un video que ya se ha viralizado, el conocido actor Marcelo Oxenford confunde la nacionalidad del celebrado poeta de Laredo, , y señala de manera incorrecta a su hija, Issa Watabane, como su esposa. Sirva la ocasión para recordar a los autores de “El guardián del hielo” y “Migrantes”; respectivamente. El video forma parte de una serie de ahora cuestionados trabajos realizados por el actor contratado por el alcalde de La Molina, según señala el portal . Intentamos infructuosamente comunicarnos con la Sub-gerencia de Cultura de la Municipalidad de La Molina.

Lo que vale el saber

Tenía solo 25 años de edad y hacía tres que había ganado el muy apetecible premio Poeta Joven del Perú —gracias a su “Álbum de familia”, lauro que compartió con “Después de caminar cierto tiempo hacia el este” de Antonio Cillóniz— cuando el Instituto Nacional de Educación lo contrata para escribir algunas brevísimas historias dignas de ser guionizadas en el programa de televisión infantil “La casa de cartón”. Fue el impulso que faltaba para que se active una parte inédita de su sensibilidad, su vena de cuentista infantil. La repercusión del programa fue inmediata, tanto que la Unesco envió a un representante para que estudiara el programa y, de paso, invitara al guionista para dictar unas conferencias en Múnich.

Y así, con una pluma que se debatía entre el equilibrio mínimo y contemplativo del haiku, la poesía simbolista francesa y el modernismo poético español —especialmente tributario de la llamada ‘generación del 14’—, el hijo de la peruana Paula Varas Soto y del inmigrante japonés Harumi Watanabe Kawano, colocaría su nombre en un lugar expectante de la literatura nacional. A considerable distancia del coloquialismo experimental de Estación Reunida y de los beligerantes manifiestos mimeografiados de Hora Zero, Watanabe se decanta por insuflar sus versos con una mirada más bien oriental. Y aunque una y otra vez dijera ‘no soy zen’, es inevitable sentir la cascada de sereno misterio que sus versos precipitan.

Bajo ese sistema narrativo y ese clima, mínimo de elementos, también habitarán sus personajes infantiles. Don Paulo vive en una hacienda repleta de vegetación y aves voladoras que se posan en las copas de los árboles. Cuando la traviesa rama de uno de ellos ingresa a su casa sin tocar la puerta y se instala en todo lo alto, se inicia la acción. Como allí no entra ningún pájaro —eso sería entrar a una jaula, además desprovista de la luz del sol—, Don Paulo dibuja uno y lo estaciona en el tronco. Lo que sigue es un canto a la vida, a la libertad y a la creatividad sobre idílicos espacios de color pastel que, ya de manera póstuma, su hija colorearía para que cobre vida en forma de libro: “El pájaro pintado” (Peisa, 2008).

Artes y ensartes

No sería este su único cuento infantil: Allí están “Perro pintor y sus elefantes azules”, “Un perro muy raro”, “Don Tomás y los ratones”, “Don Antonio y el albatros”, “Lavandería de fantasmas”, “Melchor el tejedor”, “El lápiz rojo” y la serie de Andrés Nuez: “Perdido entre las frutas”, “Andrés Nuez y los colores y “Andrés Nuez cuenta hasta diez”. Como sus poemas, los cuentos infantiles de Watanabe son alegorías trabajadas con cierto laconismo musical infestado de giros coloquiales y chispazos de criollo sabor nacional. Un torrente de imaginación, especialmente profuso del 2006 al 2007, con el que Watanabe cautivó a los pequeños lectores en publicaciones bellamente ilustradas por su hija Issa, cuyo nombre probablemente sea un homenaje a Kobayashi Issa (1763 – 1827), poeta japonés famoso por escribir el haiku: “De no estar tú, / demasiado enorme / sería el bosque”.

Hija también de la dibujante Gredna Landolt y profesionalmente formada en Mallorca, la ilustradora Issa Watanabe (Lima, 1980) cataliza la fantasía de los niños a través de sus dibujos. “Las pequeñas aventuras de Juanito y su bicicleta amarilla” y el multipremiado “Más te vale, mastodonte” pueden dar cuenta de un talento cuya fuerza visual acrisola en “Migrantes” (2020), álbum ilustrado y sin texto alguno que cuenta la historia errabunda de un grupo de animales —león, rinoceronte, elefante, ratón, búfalo, tucán, cerdo, cocodrilo y flamenco— que abandonan sus escasos bienes materiales y, sin mirar atrás, emprenden un largo viaje para jamás volver. Toda una alegoría al éxodo subsahariano y a los campos de refugiados que fatigan la Europa de estos años.

Y si para ella “dibujar ha sido siempre mi forma de transitar por el mundo sin perderme en él”, incursionar en la literatura infantil fue para su padre tan natural como respirar. En un registro también inmortalizado en el cómic “Cabriola la Cabra”, cuyo nacimiento en forma de viñetas ocurrió junto a Carlos Tovar ‘Carlín’ en 1982. Luego se dedicaría a escribir las tramas y el contenido de las viñetas en los volúmenes que Editorial Peisa lanzaría bajo el formato de libros-álbum. Hasta que un cáncer de esófago lo arrebató de este mundo el 2007. En suma, dos generaciones Watanabe dedicadas al cultivo de un arte que los despistados bien harían en conocer antes de equivocarse groseramente.

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