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Cómo es Esuatini, el pequeño país africano al que están llegando extranjeros deportados por Donald Trump
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La política de deportaciones de Donald Trump incluye el traslado de los migrantes expulsados de Estados Unidos a centros de detención en lugares tan lejanos como África. Uno de estos destinos para los deportados es Esuatini, un pequeño reino ubicado en el sur del continente africano y al que arribó hace un tiempo un tal Roberto Mosquera del Peral.
De origen cubano, Mosquera del Peral era sindicado por las autoridades estadounidenses como integrante de la pandilla Latin Kings y llegó junto a otros extranjeros expulsados a Esuatini hace tres meses. Desde entonces ha estado recluido en territorio africano y recientemente inició una huelga de hambre en la prisión de máxima seguridad en la que se encuentra.
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Grupos defensores de derechos humanos argumentan que Mosquera se encuentra retenido sin cargos y que se le ha impedido contar con asesoría legal. Pese a que su posible repatriación ya ha sido puesta sobre la mesa por las autoridades del país africano, estas no han establecido márgenes de tiempo para que se produzca.
La nación del sur africano ha establecido un acuerdo con el gobierno estadounidense para recibir a deportados y dio la bienvenida a los primeros de ellos en julio, mientras que el último grupo arribó a inicios de este mes. De momento, se desconocen los términos del acuerdo entre el gobierno de Esuatini y la Administración de Donald Trump para llevar a cabo dicho plan.
Este incidente es una anécdota más en la historia de un país pequeño como Esuatini, pero que cuenta con una compleja historia desde su independencia en la segunda mitad del siglo XX.
Monarquía absoluta
Esuatini es el mismo país que hasta hace poco era conocido como Swazilandia, teniendo ambos términos su origen en el nombre de la etnia swazi, que compone más del 80% de la población de dicho territorio.
El cambio de designación se produjo en el 2018 cuando el nombre oficial en lengua inglesa pasó a ser ‘Kingdom of Eswatini’ para acercarse más al término nativo, siendo castellanizado como Reino de Esuatini. La idea era abandonar el viejo nombre colonial y evitar posibles confusiones con la denominación anglosajona de Suiza.

Este país está ubicado en el sur de África y está rodeado por los territorios mucho más grandes de Sudáfrica y Mozambique, por lo que no tiene salida al mar. Sin contar a los estados insulares, Esuatini es el segundo país africano más pequeño, con una extensión de 17.364 km2, solo mayor a la de Gambia dentro de la masa continental. Su población supera ligeramente el millón de habitantes.
El pueblo suazi logró crear una entidad política con unidad antes de la llegada de los europeos, pero terminó convirtiéndose en una colonia británica durante el siglo XIX, pasando a ser un protectorado del Reino Unido a inicios del siglo XX. El territorio conservó ese estatus hasta que logró la independencia en 1968.
Una de las grandes particularidades que tiene esta nación es que es el único país africano con un sistema monárquico absolutista y el rey Mswati III gobierna Esuatini desde 1986, tras suceder a su padre, Sobhuza II. Este último fue el primer rey de forma nominal desde el período de control británico, pero asumió la jefatura de estado de manera fáctica tras la independencia.
El país cuenta con un Senado bicameral elegido por la votación de sus ciudadanos, pero las labores de este órgano son esencialmente consultivas, remitiéndose a presentar propuestas al rey, que sigue siendo el responsable final de la legislación y el responsable de los nombramientos de funcionarios más importantes.

Aunque desde la emancipación del país los grupos tradicionalistas han tenido gran fuerza, también han surgido movimientos que abogan por el fin de la monarquía y la apertura democrática, siendo frecuentemente acosados por el gobierno.
Los partidos políticos estuvieron prohibidos durante varias décadas hasta 1992 y, pese a ser nominalmente legales en la actualidad, esa condición ha sido intermitente.
Los candidatos al Senado de Esuatini deben presentarse sin contar con afiliación partidaria y tienen que pasar por el visto bueno de las autoridades tribales y tradicionalistas que responden al rey Mswati. En la práctica solo son admitidas las agrupaciones funcionales al gobierno y que no busquen fiscalizar a la autoridad monárquica o, mucho menos, abogar por un cambio de sistema político.

Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han alertado sobre el deterioro de los derechos humanos en la antigua Swazilandia, debido a la represión, en muchos casos con tortura, de figuras críticas con el gobierno.
Uno de los casos de mayor alcance internacional fue el asesinato de Thulani Maseko, activista y abogado de derechos humanos, que fue baleado por desconocidos dentro de su domicilio en enero del 2023. Las detenciones arbitrarias de parlamentarios como Mduduzi Bacede Mabuza y Mthandeni Dube suscitaron igualmente denuncias por parte de organismos internacionales.
Un rey polémico
Mswati III ha sido una figura cuestionada a nivel internacional por su persecución hacia cualquier figura de oposición o que cuestione su labor, siendo estas personas calificadas como agitadores por el monarca. Las críticas hacia la figura real se dirigen también al ostentoso nivel de vida que mantiene.

La fortuna personal de Mswati ha sido calculada en torno a los 200 millones de dólares, aunque algunas estimaciones señalan que esta podría llegar a los US$500 millones. Los 50 millones de dólares anuales que alimentan las arcas del rey provienen de los fondos del Estado.
El dispendio descontrolado ha sido una fuente constante de críticas hacia el rey, que hace unos días apareció en Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos) acompañado de un enorme séquito compuesto por sus 16 esposas, 35 hijos y un centenar de asistentes. A lo anterior se añade que el gobernante dispone de varias mansiones y de decenas de autos de lujo, muchos de los cuales son adquiridos para sus parejas.
Esa riqueza y la línea difusa entre el gasto privado y público contrastan con la realidad de la población del Reino de Esuatini, en el que más del 60% vive por debajo del umbral de la pobreza. Hace una década se estimaba que el 80% de los habitantes vivía con menos de 2 dólares diarios y desde entonces la tasa de desempleo sitúa en torno al 40%, con fondos públicos sumamente limitados.
Tal escasez ha llevado a que el estado haya tenido que recurrir a entidades como el Fondo Monetario Internacional (FMI) para sustentar el aparato gubernamental. Esta entidad recientemente prestó 75 millones de dólares al estado africano para poder cubrir los sueldos de sus funcionarios.
No fue la primera vez que Esuatini tocó a la puerta del FMI, pues el país había acordado en el 2011 otro préstamo con dicha entidad por un valor de 355 millones de dólares. La condición fue que el reino implementara reformas políticas y que hiciera viable su gestión económica, a lo que el gobierno se opuso, por lo que la transacción no se hizo efectiva.
El país es líder en otros indicadores negativos, siendo uno de los más conocidos el tener la mayor tasa de prevalencia de VIH en el mundo, ya que el 27% de la población adulta de Esuatini está infectada. Las mujeres son el principal grupo afectado por el contagio.

La colaboración con la ONU ha logrado mitigar el impacto de la enfermedad y ha mejorado la detección de esta, pero los indicadores siguen siendo preocupantes. En el 2009, como medida preventiva, el rey sugirió que los contagiados de VIH podrían ser marcados en el trasero para poder ser distinguidos.
El malestar de la ciudadanía llegó a su punto culminante durante una serie de protestas de escala nacional que se extendieron entre los años 2021 y 2023. El foco de esta fueron las demandas de democratización y la oposición a la monarquía absolutista, a lo que el gobierno respondió con violencia y calificando de terroristas a los manifestantes.
Durante las manifestaciones aparecieron múltiples denuncias de uso desmedido de la violencia, detenciones arbitrarias, tortura y ejecuciones extrajudiciales.
Los antes citados parlamentarios Mthandeni Dubey y Mduduzi Bacede Mabuza fueron detenidos en este contexto bajo cargos de terrorismo y fue también durante ese período que Maseko fue asesinado. La convulsión terminó en el 2024 y se denunció la persecución posterior de los líderes de las protestas, muchos de los cuales pasaron a la clandestinidad o huyeron del país.
En su reporte de la libertad en el mundo, la organización Freedom House otorgó a Esuatini un puntaje de 17 sobre 100. En el apartado de derechos políticos, el pequeño país africano alcanzó apenas un punto de 40, mientras que en la parte dedicada a las libertades civiles le fue algo mejor con 16 puntos de 60.
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