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Digámoslo sin vueltas: dentro de una oferta ya de por sí discreta, abundan los candidatos poco recomendables, pero hay dos que destacan por el riesgo que representan. Por su discurso y sus alianzas, encarnan la posibilidad real de un retroceso y de volver al desorden que marcó el castillismo en 2021. Me refiero a Sánchez y Belmont.
Sánchez es el más obvio porque se ha vestido de Castillo para ser un Castillo aún más radical: de hecho, ni el profesor atrevió a tocar a Julio Velarde del BCR y esa -sacarlo- es una idea de sus ideas banderas. Pero no solo eso: mantiene un discurso hostil a la inversión privada, arrastra cuestionamientos y vínculos con la minería ilegal.
Belmont, en tanto, representa el oportunismo sin disimulo: ha transitado por múltiples partidos, coquetea con Cerrón, lleva en su plancha castilistas, además de un perfil xenófobo, homófobo y machista y una gestión municipal que solo él y sus “espartanos” idealizan.
Como dice el editorial, por estos, de verdad, que no.










