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Después del referéndum, ¿qué?, por Fernando Cáceres

“Los naranjas necesitan mejorar sus niveles de popularidad [...] y Vizcarra necesitará seguir metiéndose al bolsillo a la opinión pública para mantener su aprobación”.

Fernando Cáceres Freyre Analista de políticas públicas

Martín Vizcarra

“La ocurrencia del referéndum extinguirá la conexión emocional entre el gobierno y los ciudadanos”. (Foto: Congreso)

El presidente Martín Vizcarra pasó de tener 27% de aprobación en julio de este año, a tener 52% en setiembre, según GFK. Esta subida en su popularidad no se debe a una mejora en los servicios públicos a su cargo. Tampoco a la adecuada gestión de un desastre natural, como ocurrió en el verano del 2017, con el fenómeno de El Niño. Se ha debido a un relato político: “Necesitamos que el Congreso apruebe cuatro reformas y que la población las valide a fin de año en un referéndum, para luchar juntos contra los corruptos”.

Un relato o narrativa política no es otra cosa que un discurso capaz de conectar emocionalmente con la población, en torno a un objetivo compartido. Esto permite a los políticos mostrar que algo están haciendo, sin necesariamente mostrar acciones concretas. El presidente aprovechó los hechos que conectaron Lava Juez con Fuerza Popular, para atribuirle a este partido responsabilidad política por el escándalo, y así terminó equiparándolos –narrativamente hablando– con los “corruptos” contra los que hay que luchar juntos.

Fuerza Popular también ha recurrido a relatos políticos. En el 2017, pasada la huelga de maestros, aprovecharon el escándalo de corrupción Lava Jato, y los hechos que relacionaron a Odebrecht con el ex presidente Kuczynski, para atribuirle al gobierno en su conjunto –no solo a PPK– responsabilidad política por este escándalo. Así, entre octubre y diciembre del año pasado, la aprobación del Ejecutivo cayó de 30% a 18% (Ipsos).

Sin embargo, el relato de la lucha contra la corrupción se va a agotar el próximo 9 de diciembre. La ocurrencia del referéndum extinguirá la conexión emocional entre el gobierno y los ciudadanos, dejando desnuda la importancia de que el gobierno muestre acciones. Y esto le abrirá a Fuerza Popular el espacio político para recuperarse.

Los naranjas necesitan mejorar sus niveles de popularidad (con su lideresa actualmente en 15%), y mantener unidas a sus huestes congresales, y Vizcarra necesitará seguir metiéndose al bolsillo a la opinión pública para mantener su aprobación. Hacer solo cambios en el Gabinete, como sugieren algunos, no le alcanzará. Así, para ambos bandos puede resultar clave apoderarse del próximo relato.

Fuerza Popular pareciera ya haber encontrado un relato del cual apoderarse. En su mensaje de Fiestas Patrias, Vizcarra anunció que antes de fin de año se aprobaría la Política Nacional de Igualdad de Género (y en setiembre ya aprobó una norma que modifica la Ley de Fortalecimiento de la Familia), despertando la ira del colectivo Con Mis Hijos No te Metas, que ya ha convocado a una nueva movilización para este 15 de noviembre.

El objetivo de esta cruzada sería evitar un nuevo intento por “infiltrar la ideología de género”, lo cual abre una oportunidad de oro para que los naranjas se pongan al frente y recuperen popularidad, en defensa de la familia. Como se sabe, en este debate el gobierno no tiene a toda la población de su lado, considerando que el 76% son católicos, y el 13%, evangélicos (Datum, 2017).

Desde la esquina del gobierno, necesitarán crear una nueva narrativa con la potencia suficiente de volver a crear una conexión emocional con los ciudadanos. La lucha contra la inseguridad es la principal candidata. Pero para enfrentarla se requieren muchas acciones, y no estoy seguro de que el Ejecutivo tenga la capacidad de emprenderlas. Esta es considerada el principal problema del país por el 55% de la población, según Ipsos.

Si Vizcarra lo logra, podría arrebatarle al fujimorismo la única bandera que le queda. Y así canalizarían el apoyo no solo del antifujimorismo, sino de todos los que vemos en la lucha contra la inseguridad un objetivo de Estado, que debe trascender ideologías. Corren las apuestas.

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