La usual evaluación en torno a los primeros 100 días de gobierno ha mostrado diversas opiniones. Esta es una más, aunque procura ubicar el examen más cerca de la historia reciente que de la coyuntura.
Por lo pronto, la aún breve presidencia de Keiko Fujimori debe ubicarse como el punto concluyente de una prolongada crisis política, plagada de inestabilidad y desorden.
En tal contexto, debía esperarse que su gestión fuera: A) una continuidad de dicha precariedad, B) un retorno al statu quo previo (2001-2019), C) un nuevo momento, que sus simpatizantes esperaban como reformista, mientras que sus detractores temían como autoritario.
Por lo pronto, el de Fujimori parece la opción B: el retorno al siglo XXI peruano iniciado con Alejandro Toledo en julio del 2001. En resumen, corrección económica, reinstauración de mínimos estándares técnicos en la mayoría del Ejecutivo, y complicaciones sociales y políticas propias de una gestión carente de arraigo.
Sin embargo, la gran diferencia frente al gobierno de Toledo quizá radique en la consolidación aún pendiente del soporte parlamentario oficialista. En el lustro 2001-2006, en alianza inicial con el Frente Independiente Moralizador, el oficialismo supo sostener a un impopular mandatario. Al frente se tenía a la férrea oposición aprista, un adversario complicado con cierta capacidad de movilización social.
Hoy, en cambio, el oficialismo ha logrado, a duras penas, una parcial delegación de facultades, en gran medida por el aporte de su aliado (Renovación Popular), mientras la oposición se desgrana. Esto contrasta con lo que se percibía como el principal activo del fujimorismo: su experiencia parlamentaria.
Fujimori, ciertamente, no es lo impopular que fue Toledo, aunque tiene pendiente el ‘delivery’, bien graficado por la percepción de que el gobierno ha avanzado “nada” en materia de seguridad (68%, Datum-América TV, 1/11/2026), el tema de mayor expectativa y preocupación en tiempos actuales. Está pendiente saber si el reciente y publicitado viaje a El Salvador tendrá algún impacto, pero la crítica, al menos en medios y redes sociales, parece haber superado al respaldo.
Otra mirada al gobierno de Fujimori es pensar desde la ucronía: ¿qué hubiera pasado si los resultados del balotaje de junio favorecían a Roberto Sánchez?
Esa eventualidad, que bien pudo ser un ‘remake’ del 2021 –aunque con una ejecución quizás más perversa–, y el alivio de detener un ciclo de inestabilidad que parecía eterno, constituyen quizá el principal soporte para las expectativas que aún mantiene un sector importante de la ciudadanía.
Estas expectativas obtienen un sólido 41% en la percepción de los encuestados de la mencionada encuesta de Datum. Por su parte, el sector corporativo parece compartir la misma visión: en el primer semestre, la inversión privada creció 15,5% (MEF, 2026).
Pero esto recién empieza y es imposible distinguir un derrotero.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.