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Mentiras verdaderas
“No se siembran semillas aparentemente inofensivas si no se quiere cosechar frutos amargos”.
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Resumen
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Miguel de Cervantes sostenía que, aunque las fábulas fueran mentiras, estas debían parecer verdades para poder enseñar algo al lector (Don Quijote de la Mancha, II, 3). ¿Mentiras que revelan verdades? Efectivamente, cuando inventamos una historia también podemos revelar verdades profundas sobre nosotros mismos: nuestras grandes debilidades y esa pobreza de espíritu que tantas veces preferimos ignorar.
Se dice que hay mentiras blancas, absurdas y, por supuesto, están las malintencionadas. Todos somos vulnerables a ellas en algún momento, pero cuando las distorsiones van en aumento, se pueden generar escenarios muy complejos y perjudiciales, especialmente en política.
Actualmente, nuestro país atraviesa un caso puntual. El presidente interino ha sido objeto de cuestionamientos y pedidos de censura debido a reuniones y decisiones observadas por la opinión pública y los medios. Algunas de sus declaraciones, que inicialmente buscaron justificar ciertas acciones, han sido posteriormente desmentidas. Este episodio confirma que, en política, como en otros ámbitos de liderazgo, las mentiras se integran a la comunicación de hechos para proteger posiciones o evitar asumir responsabilidades (Tannen, 1998).
Parece sencillo reconocer un error y aceptar las consecuencias; pero cuando el orgullo es grande y la posición de liderazgo es notable, para muchos la mentira es la mejor salida. Se empieza así con narrativas absurdas y, si no se corrigen, se puede llegar a situaciones descaradas.
Hay toda una ruta sobre la mentira que ha sido estudiada en ciencias políticas y en la psicología social. Se trata de la «posverdad»: un concepto que apareció en 1992 y que cobró relevancia en el 2016, año en que el Oxford Dictionary lo declaró «Palabra del Año» debido a su impacto cultural y político.
La posverdad describe un escenario donde los hechos objetivos pierden peso frente a narrativas construidas. No se trata solo de mentir, sino de crear versiones alternativas de la realidad, reinterpretando o descartando hechos (McIntyre, 2018).
Un ejemplo fue el de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2020, donde Donald Trump afirmó repetidamente que la elección había sido «fraudulenta», pese a no encontrarse evidencia de fraude generalizado. Su exposición no discutía un hecho; lo sustituía. La firmeza de su discurso podía confundir mucho.
Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, advirtió que los regímenes totalitarios se nutren precisamente de la ruptura de la realidad compartida. Cuando una narrativa alternativa se impone como verdadera, la evidencia deja de importar.
Las mentiras simples son fáciles de refutar. Pero cuando alguien no solo distorsiona hechos, sino que construye un relato paralelo que compite con la realidad, la discusión se vuelve casi imposible. Al romperse ese terreno común de hechos, no solo se quiebra el diálogo: se tensionan las bases mismas de la democracia.
La historia ofrece ejemplos estremecedores. Con el ascenso de Hitler, por ejemplo, una nación entera llegó a creer versiones falsificadas de la realidad. La población perdió la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, y la lealtad al líder reemplazó la verdad.
Las mentiras pueden ser tan repetidas y estar tan profundamente insertadas en las identidades colectivas que dejan de sentirse como falsedades (Festinger, 1957). Así surge el fanatismo ciego. Incluso frente a contradicciones evidentes, la narrativa sigue siendo defendida. Y no solo se cree: se justifica y se protege activamente.
La verdad siempre sale a la luz, a veces más tarde que temprano, y las consecuencias suelen ser funestas. Los eventos trágicos de la historia contemporánea así lo evidencian.
Nuestro país tiene a muchos expresidentes presos y, si vemos sus narrativas, todas estuvieron cargadas de mentiras que llegaron a ser descubiertas. Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Castillo y Martín Vizcarra perdieron su libertad, mientras que Alan García se quitó la vida al no querer enfrentar un juicio que, a todas luces, podía ser condenatorio.
La verdad nos hace libres, y este tema ampliamente estudiado puede ayudar a despertar conciencias. Comprender cómo operan la mentira y la posverdad no solo se puede considerar como un ejercicio académico, sino como una herramienta de reflexión. No es lo mismo decir «no hagas esto» que entender por qué no hacerlo. Ciertamente, este principio fue comprendido por uno de los gobernantes más influyentes de la historia antigua, al cual vale la pena resaltar.
Entre los años 1010 y 970 a. C., David ben Yishai, más conocido como el rey David, gobernó Israel en medio de tensiones internas, traiciones y conflictos. Fue un político, estratega militar y administrador de un reino en expansión que reconoció la importancia de comprender profundamente los principios que debía seguir. En los Salmos bíblicos registró repetidas veces un clamor por entendimiento. En hebreo, la palabra usada en estos registros es בִּינָה (biná), que no significa simplemente «saber» como quien busca datos, sino que es un discernimiento que va más allá del intelecto. Y es que cuando entendemos el mal, dejamos de subestimarlo y así la voluntad puede alinearse. Este exitoso rey también cometió muchos errores, pero, al reconocer su fragilidad, buscó realmente cambiar y al final dejó un legado de sabiduría que inspiró a generaciones.
No se siembran semillas aparentemente inofensivas si no se quiere cosechar frutos amargos.
No se dicen mentiras «blancas» de manera constante si no se quiere llegar a extremos.
Necesitamos educar nuestra conciencia y asumir con carácter cualquier consecuencia; solo así alcanzaremos un entendimiento que guíe nuestras acciones y, en consecuencia, transforme nuestra sociedad de manera real.
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