"Preocupa la noticia que apareció en este Diario hace poco: el nuevo Congreso fue escogido por solo el 40% de electores hábiles". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Preocupa la noticia que apareció en este Diario hace poco: el nuevo Congreso fue escogido por solo el 40% de electores hábiles". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Javier Díaz-Albertini

Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Preocupa la noticia que apareció en este Diario hace poco: el nuevo Congreso fue escogido por solo el 40% de electores hábiles. La gran cantidad de partidos en pugna, el poco tiempo de campaña, una valla que eliminó el 58% de votos de las organizaciones contendoras, entre otras razones, produjo un Congreso fragmentado y, por qué no decirlo, poco representativo.

El problema de fondo es que los partidos siguen distanciándose del ciudadano. Sus doctrinas y programas dicen cada vez menos a la mayoría. Es por esta razón que quiero proponer la creación de un partido que sintonice con un sector significativo del electorado. En mi propuesta me basaré en lo que las ciencias sociales dicen sobre nosotros, los ciudadanos.

Según un estudio de Hernán Chaparro, la subcultura política más común en Lima es la del “conformista desinformado”. Se caracteriza “por su escaso interés en temas políticos, no se informa o lo hace muy poco”. Como resultado, participa o se involucra muy poco en asuntos políticos. Guarda algo de relación con lo que el politólogo Carlos Meléndez llama el “rational cholo”, un votante que –sobreviviendo en un mundo informal y de instituciones débiles– prioriza el pragmatismo sobre ideales, doctrinas y principios.

En el fondo, a la mayoría de la población le interesa “pasar piola”; es decir, actuar sin llamar la atención. Pero ¿de quién? Bueno, principalmente del Estado, que es el encargado de hacer cumplir las normas. Y esto no es solo un comportamiento característico del vendedor ambulante. Es también común entre ejecutivos de restaurantes formales que incumplen con la seguridad de sus trabajadores, empresas de construcción que se coluden para sacarle la vuelta a licitaciones públicas, o profesionales que solo declaran parte de sus ingresos.

Estos ciudadanos no son neoliberales extremos que quieren eliminar al Estado en aras de la iniciativa privada sin límites. No son individualistas, sino personalistas. ¿Cuál es la diferencia? Como señaló claramente Martín Santos, el individuo anónimo es la base de las relaciones democráticas, ya que postula que todos somos iguales no importando nuestras diferencias de poder y estatus. Cuando nos tratamos como personas, en cambio, hacemos hincapié en lo que nos diferencia, en nuestras particularidades con respecto a los demás, en los deseos privados en contraposición al consenso público.

Los personalistas quieren un Estado lo suficientemente débil como para seguir sacando provecho personal (corrupción, evasión, informalidad), pero, al mismo tiempo, le exigen que brinda servicios eficientes de educación, salud, seguridad ciudadana e infraestructura.

Es por estas razones que propongo la formación del partido No Me Cumbén (NMC), que busca impulsar el nuevo personalismo peruano. Tomo el nombre del popular festejo pensando en la proximidad de nuestro bicentenario. Asimismo, lo convertiremos en nuestro lema porque enfoca claramente nuestro rechazo a un Estado “intervencionista” que no nos permita hacer lo que nos convenga y plazca.

Como ejemplo, cantemos uno de los jingles que caracterizará nuestra futura campaña:

“Y a mí no me cumbén, y a mí no me cumbén. Corredor ordena tráfico, al colectivo di amén. Fiscal quiere preventiva, y es lo que voy a obtén. Sunat me cobra impuestos, pero no está en mi gen. Vereda es para todos, mi scooter al almacén. Colabora y me delata, ya estoy hasta el cien. Y a mí no me cumbén…”.

El neoliberalismo personalista del NMC postula que todos somos sujetos de derecho, pero no de deberes. Tenemos la potestad de demandar y exigir, pero no la obligación de cumplir y respetar. La extensión de mis derechos, en teoría, nunca termina, especialmente cuando el otro es un lorna. El único orden admitido es del capitalismo salvaje, gracias al que toda ganancia es legítima. Por ende, el consumidor y el medio ambiente deben cuidarse a sí mismos. Críticos de toda identidad y conciencia colectiva, postulamos el “sálvese quien pueda” como estrategia política y de vida. Y eso, a mí sí me cumbén.