Entre tanto, la reacción de algunas de las economías más importantes del mundo también se ha saboreado tardía, los ejemplos más meridianos son Estados Unidos y el Reino Unido. (Foto: AFP)
Entre tanto, la reacción de algunas de las economías más importantes del mundo también se ha saboreado tardía, los ejemplos más meridianos son Estados Unidos y el Reino Unido. (Foto: AFP)
Editorial El Comercio

Nadie en el mundo se hubiera podido imaginar que el 2020 empezaría como lo ha hecho. En cuestión de semanas, un agente patógeno, que apareció por primera vez en , se ha extendido vertiginosamente por todo el globo, generando diferentes reacciones de parte de los gobiernos pero motivando un mismo sentimiento de solidaridad que, como el virus, no distingue fronteras. Aunque hay más de 250.000 infectados en el planeta y más de 11.200 muertos, más de 87.300 personas se han recuperado, lo que nos empieza a dar esperanzas.

El Perú, con el liderazgo del Ejecutivo, parece haber reaccionado oportunamente a esta crisis, tomando medidas severas pero que, como aseguran los expertos, ayudarán a mitigar los potenciales estragos del . En efecto, hoy se cumple el sexto día de una cuarentena que, con los más de 250 infectados registrados en nuestro territorio, y con el fallecimiento de cuatro compatriotas, queda más justificada que nunca.

En América Latina, la respuesta de los gobiernos ha sido variada. Por un lado, resulta positivo que, como anunció el presidente Martín Vizcarra, se esté procurando una coordinación con países de la región, para comunicar las medidas que se están implementando y, sobre todo, conocer la demanda por equipamiento médico que pueda existir en cada Estado para hacer un requerimiento conjunto del mismo. La conducta, empero, de presidentes como los de México, Andrés Manuel López Obrador, y Brasil, Jair Bolsonaro, ha dejado mucho que desear. Ambos han tomado a la ligera la pandemia, teniendo contacto con multitudes hasta hace poco y postergando la ejecución de medidas severas. En el vecino oriental, por ejemplo, recién se han cerrado parcialmente las fronteras.

Entre tanto, la reacción de algunas de las economías más importantes del mundo también se ha saboreado tardía, los ejemplos más meridianos son Estados Unidos y el Reino Unido. En los últimos días, los líderes de ambos países han sido duramente criticados por la demora en tomar acciones más determinantes para paliar el avance de la enfermedad. Por el momento, Boris Johnson, primer ministro británico, no ha anunciado medidas extremas, como el distanciamiento social obligatorio, pero insólitamente asegura que podrán lograr que el virus remita en 12 semanas. En lo que concierne a Donald Trump, se ha dedicado a minimizar la crisis desde su incepción y EE.UU. ya es el sexto país con el mayor número de infectados y las medidas adoptadas aún son tibias.

El Viejo Continente, por su parte, se convirtió hace poco en el nuevo epicentro de la pandemia: ahora acumula la mayor cantidad de muertos (más de 4.000) en el mundo. El país transalpino, además, se ha convertido en una advertencia, por la pasividad con la que reaccionaron buena parte de sus ciudadanos y por las trágicas consecuencias de esa actitud, como el colapso de su sistema de salud. Mientras tanto, España y Francia también enfrentan cifras preocupantes (más de 20.000 infectados en el país ibérico y más de 12.600 en la nación francófona).

El recuento, empero, no puede perder de vista a Irán, donde se registra la tercera cifra más alta de víctimas mortales. El líder de la teocracia, Hassan Rouhani, también ha sido materia de críticas por su respuesta tenue a la epidemia.

Las circunstancias, como se ve, son graves, tanto por la irresponsabilidad de algunos gobiernos –que irremediablemente devendrá en efectos negativos para la vida de sus coterráneos y del mundo en general–, como por lo formidable que ha demostrado ser el coronavirus. Pero también empieza a llegar la esperanza desde la génesis de la tragedia. China, otrora el país más golpeado por la enfermedad, ha logrado recuperar a más de 70.000 personas y ha dejado de registrar casos autóctonos de la infección. Un testimonio, en fin, de lo efectivas que pueden ser las medidas severas y un recordatorio de que la humanidad es más resiliente que aquello que la pretende depredar.