Cuando se piensa en un médico, es común imaginar a una figura digna de respeto, conocimiento y vocación. Sin embargo, antes de alcanzar ese reconocimiento, todo futuro galeno debe atravesar un rito de iniciación conocido como internado médico. Este período de un año exige poner en práctica lo aprendido durante seis años de universidad, enfrentando la realidad del sistema de salud y adquiriendo habilidades prácticas que marcarán su carrera.
Tras ocho meses recorriendo este exigente camino, he comprendido que el internado no solo es una etapa de formación técnica, sino también de confrontación con una cultura médica que idealiza el sacrificio y glorifica el trabajo duro a cualquier costo. Los médicos de generaciones pasadas critican a los más jóvenes por tener mejores herramientas –pasando de la luz de vela, a la electricidad y, hoy, a la inteligencia artificial– como si las condiciones de estudio fueran sinónimo de mérito.
Afortunadamente, existen médicos y profesionales que guían, enseñan y se preocupan genuinamente por formar a quienes continuarán su labor. Pero también están aquellos que, lejos de apoyar, parecen añadir obstáculos al ya arduo camino.
El internado es una etapa de largas jornadas, cansancio físico y emocional, y momentos en que uno piensa en rendirse. A quienes se preparan para vivirlo, les aconsejo fortalecerse académicamente y emocionalmente. No todos les tenderán la mano, pero recuerden: es el último y más intenso paso antes de convertirse en médicos.