Sábado, 31 de marzo de 2007
Testimonio de una ausencia


SOBRE JIMENA PINILLA. Ha pasado un año desde el diagnóstico de su enfermedad --que fue coincidente con su cumpleaños--. Y en dos días también se cumple seis meses de la muerte de esta gran cronista y entrevistadora. Sin embargo, esta es una historia de alegría contada por su esposo.

Por Juan Carlos Belaunde

A veces sentimos que ingresará a la redacción, riéndose, hablando fuerte, como lo hacía siempre. A veces sentimos que comenta con nosotros los temas políticos. Hoy esta cronista que destacó por su agudeza y estilo habría cumplido 37 años, doce de los cuales los pasó en este Diario. Hoy, seguramente, habría invitado a brindar porque el amor siempre la hizo feliz. Jimena Pinilla escribió una y otra vez y ahora su esposo es quien decide escribirle a ella. Hemos decidido compartir sus palabras con ustedes porque sabemos que cada uno tiene ausencias, penas de amor, porque las heridas se curan cuando se escriben y porque sus entrevistados y la gente a la que ayudó siempre la recuerdan con inmenso afecto . Estas son las palabras de Juan Carlos, el esposo de Jime, una periodista que siempre está entre nosotros, aunque ya no podamos conversar con ella.

Desde que nos conocimos vivimos en felicidad. No lo puedo negar, el lapso de seis meses en que Jimena sufrió su última enfermedad fue el más duro de mi vida (espero que su poco nivel de conciencia le haya impedido a ella pensar lo mismo). Sin embargo, alguien orientado a la estadística diría que el medio año de pesar representa apenas un 3,64% del tiempo que la pasamos juntos, y un 1,39% con respecto a toda su vida. El balance es absolutamente positivo. ¿Acaso toda experiencia, toda historia humana, no termina en muerte? Finalmente, todos tenemos vocación de tierra y ceniza, aunque esta vez vino demasiado pronto, a los 36 años.

La nuestra fue una historia de amor entre un Romeo narizón y una Julieta con problemas de salud. Al hablar de nuestro amor probablemente no diré nada nuevo. Escribiré lo mismo que cualquiera de los millones de enamorados que existen en el mundo. Gente común que quisiera ser poeta por unos instantes para poder expresar la grandeza de lo que siente, y estar menos consternado, desahogado, más tranquilo. Lo más seguro es que si Jimena no hubiese sido periodista en este Diario, estas líneas no verían la luz, no pasarían del ámbito familiar más estrecho. Pero yo tengo suerte. Lo confirma el hecho de haber conocido a Jimena, y con ella haber descubierto cómo se vive plenamente, con amor.

¡PARIRÁS FELICIDAD!
Jimena tenía dos puntos fuertes en su organismo, el corazón y, paradójicamente, su aparato reproductivo. Me entristecía ver a alguien tan dulce y maternal, con tanta capacidad de transmitir integridad y amor, sin tener posibilidad de hijos debido a problemas de salud ajenos a lo ginecológico.

Como buena amante, me decía entre lágrimas que yo había hecho una mala elección, que opté por una chica enferma y sin posibilidad de engendrar. Pero, amor, ¿no ves que soy el hombre más feliz del mundo? Inspirado en Benedetti, yo quería gritarle ¡nada me importa, solo tú, y vas a parir felicidad!

Hacerla feliz a pesar de los problemas se convirtió en mi objetivo de vida. Ella lo merecía todo.

Un día Jimena amaneció con fiebre y yo la convencí de que no fuera a trabajar, prometiéndole regresar temprano de la oficina. A mi regreso aparecí por un extremo del corredor, y me sorprendí al verla correr desde el otro extremo aullando como sirena de ambulancia, dejándose resbalar el trecho final, gracias a que estaba con medias, para terminar en mis brazos. --¿Qué pasa, loquita, por qué haces ese ruido? Y me dijo: "Tu presencia hace que se active mi alarma de la felicidad".

Fuimos felices, pero principalmente gracias a ella. Nunca estuvo enferma porque nunca se comportó como tal. Una chica que odiaba quejarse porque decía que debía de ser insoportable convivir con alguien que se lamenta (sufría en silencio, con garra y determinación); maravillosamente vital, prefería vivir plenamente unos meses, antes que vivir limitada durante años; disfrutó de la gente, de los amigos, de los libros, de sus clases de literatura, de su papa a la huancaína, de los chocolates; amaba con locura su profesión de periodista y escritora, y se entregaba a su oficio por entero, a veces a riesgo de su salud; dulce, cariñosa, con un sentido del humor encantador ¿Qué más puedo decir de mi amada guerrera?

Aparentemente había una contradicción entre su felicidad innata y su insatisfacción. Poseía ambas.

Su felicidad era producto del amor que recibió en casa. Siempre dijo que tuvo sobredosis de amor, y me siento responsable en parte, aunque yo ya fui beneficiario de un 'producto final'. Yo la conocí cuando ya era universitaria. Las causantes, podría decir 'fabricantes', fueron principalmente su mamá y sus cinco hermanas. Ella siempre dijo que tuvo seis mamás que la engreían a morir y a quienes adoraba. Para ser honesto, el libro recopilatorio que publicó en el 2003 se lo dedicó primero a su familia y luego a mí. Al ver mi ceño fruncido decidió invertir el orden. Ello es una muestra de lo que significó para ella su familia, en especial en tiempos de crisis de salud.

En contraparte, su insatisfacción era producto del no conformarse. Ella decía que no podía haber persona inteligente que se conforme en un mundo tan desigual e injusto. Conformarse era un pecado. Tenía indudable sensibilidad y la expresaba con pasión. Que lo digan los niños con discapacidad de la Sociedad Peruana de Síndrome Down, Angélica Mendoza y los hijos que perdió durante los años de guerra interna, el gran maestro artesano Jesús Urbano, el padre Hugo de la comunidad de Chacas, el querido padre Lanssiers y los acusados injustamente de terroristas, los amigos de la comunidad de Sarhua en la sierra de Ayacucho y tantos testigos de su energía desplegada mientras ejercía esa profesión de periodista, que hacía con el mismo idealismo de cuando era solo una estudiante de primer ciclo.

Aquí había otro contraste: el idealismo puede ser frustrante, pues llora frente a la realidad. ¿Cómo alguien tan inteligente puede ser tan inocente? Esa inocencia no mermó con el tiempo, viviendo en una ciudad como la nuestra, o como muchas, exenta de valores. Tuvo decepciones que la llevaron al llanto cuando por crédula entregó dinero a quien se lo pedía con falso apremio, o por dedicar tiempo en asuntos que tenían doble fondo; pero también tuvo satisfacciones. Es que a veces un inicial desprendimiento genera en las personas una conducta mágica de amistad y de entrega. Se gana mucho más de lo que se pierde.

Debo reconocer que como pareja no siempre tuvimos armonía. Al inicio peleábamos mucho. Hace unos días escuché a un amigo una frase que parece obvia: "Tu esposa fue alguna vez una desconocida". Sin embargo esto invita a ver a la gente con otra perspectiva. Si tuviéramos oportunidad de conocer a las personas, quién sabe qué sacrificios de amor estaríamos dispuestos a hacer.

Mi relación con su mamá empezó por las patas de los caballos.

--Buenas noches, señora, ¿está Jime?
--¿Qué cosa? Uno se desgañita para ponerle un nombre bello a su hija, ¿y viene uno y le llama Jime? ¡Gime, tu madre!

Fue la primera vez que escuché a mi suegra. No éramos siquiera enamorados. Cuando dejaba a Jimena en su casa luego del cine o de ir al Tambo a comer un 'kilométrico' le decía bájate de mi auto a la volada, no vaya a ser que aparezca tu madre. ¿Quien diría que con el paso de los años, mi suegra terminó siendo una de las personas que más quiero y que más admiro? Compañera infaltable de comilonas debidamente rociadas de vino durante los fines de semana. ¿Será porque Jimena tenía mucho de ella? Su ánimo, su energía, su oído biónico, su gusto por la conversación, por la lectura, las mismas aficiones

En contra de la creencia general, debo decir que lo que empieza mal a veces termina de manera excepcional. Te quiero, suegra.

Con mi mamá no fue muy distinto. Ella es del Opus Dei, y no congeniaba con Jimena, quien más de una vez se declaró anticlerical (aunque creía en Dios y amaba a los sacerdotes que viven en vocación de servicio). Además era contestataria, Jimena no decía nada por agradar, era incapaz de afirmar algo en lo que no creyera, por mera cortesía (reconozco, a diferencia mía). Contaba Jimena que decidió casarse conmigo una tarde en que --con su oído biónico--- escuchó a mi madre decir que Jimena no se ocupaba mínimamente de los quehaceres domésticos. Yo le respondí que Jimena tenía igual derecho a descansar el fin de semana, pues trabajaba tanto o más que yo, en una defensa cerrada por la igualdad de los sexos.

Como toda buena madre, mi mamá terminó aceptando a Jimena porque notó que en mi relación había mucho de lo que tuvo ella con su marido, simplemente amor.

Una vez le dije a Jimena, parafraseando a Sabina, "moriría contigo si te mueres", pero de manera menos poética, "que me lanzaría de un edificio". Ella me dijo que no, que yo tenía "vocación de felicidad". Así ella decreta mi futuro, y me enseña muchas cosas, a vivir plenamente, a ser feliz con lo que tengo, porque la alegría debe ser un estado permanente, no depende de que te vaya bien en los diferentes aspectos de la vida.

Hace poco, un día por la tarde pasé por el cementerio, no había ido desde su entierro porque siempre he creído que el cuerpo sin vida no tiene valor ni significado. A veces me siento más cerca viendo fotos o rezando en misa, pero ese día tuve la necesidad física de sentirla y fui solo. Me sentí bien. Estuve conversando con unos señores cincuentones que habían ido a acompañar --literalmente-- a su hermano muerto, enterrado cerca de mi chiquita. E iban con sillas, y cervezas en botellas grandes. Fue muy especial y bonito. Me dijeron que su querido hermano y mi amada esposa estaban ahora juntos para siempre, que era paradójico, pues en vida no se habían conocido.

Yo les dije que no podíamos saberlo, que de repente sí se habían conocido, y habían conversado, y que se habían hecho amigos. La flaca era así, simple, auténtica, era la misma persona con todos. Fue curioso porque al rato aparecieron mi suegra y Charito, querida sobrina. Noté que Jimena --o el cuerpo de Jimena-- tiene permanente compañía, a pesar de mis creencias.

Hoy debo mirar hacia adelante. No sé si llegue a casarme alguna vez. Me gustaría, también a la flaca, ella me lo decía, aunque me pusiese furioso. Pero deberé tener sangre fría para no pensar, no comparar... Si nos llegamos a amar un día, yo te hablaré de un amor, del que tengo guardado, de la otra parte de mí, de lo que me ha quedado. Puedo fingir para ocultar mi angustia, pero mis ojos me delatarían. ("Si nos llegamos a amar", Albita)

Sea como sea, lo tengo claro, Flaca, fuiste lo mejor que me pasó en la vida.





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