Cosa que ocurrió el 31 de octubre de 2003. Tanto Chabuca como el monolito bifronte de 2 metros de alto y 220 kilos de peso descendieron de un tráiler hasta estacionarse trabajosamente en ese espacio inaugurado en simultáneo. De esa manera Barranco hacía justicia tanto con nuestra compositora de bandera —quien desde los 5 hasta los 12 años vivió en un rancho de la Bajada de los Baños— como con el ingeniero agrónomo José Antonio de Lavalle y García (1888 - 1957). Descendiente de condes y marqueses, hijo de diplomático y sobrino del presidente Manuel Pardo y Lavalle, José Antonio era perito en industria ganadera, mejoramiento de pastos, cultivo de algodón y aplicaciones del guano de isla.
Pero su verdadera pasión tenía un solo nombre: criador de caballos de paso peruano. Y por eso recibió la Orden del Sol. También fue nombrado Caballero de la Orden de la Corona de Italia y la Orden al Mérito de Chile. Sin embargo, su gloria mayor la alcanzaría post mortem cuando sus íntimos amigos le hicieron un homenaje. Allí estuvo don Eduardo Granda San Bartolomé y su hija, la joven poeta y cantante. En el momento cumbre, la señorita Granda agarró una guitarra, pidió la palabra y dijo: “Para ti, José Antonio, tu canción”. Dicen que su voz fue declinando en el camino. Que sus dedos se congelaron en el diapasón. Que su voz terminó por quebrarse. Y que ocultando una lágrima se marchó.
Tiempo después, uno de esos domingos que iba a almorzar a casa de los De Lavalle, le diría a Sara, la viuda: “Voy a cantar sólo para ustedes”. Y entonó a capela una sucesión de versos pulcros, eufónicos y refinados: “Tú, mi tierra, que eres blanda / le diste ese extraño andar / enseñándole el amblar / del paso llano gateado / siente cómo le quitaste / durezas del berebere / que allá en su tierra de origen / arenas le hacían daño”. Escrita en 1957, el peculiar tondero encontraría su versión final en la pista B3 del LP “Dialogando” (Iempsa – Odeón) que Chabuca y Óscar Avilés lanzarían en 1967.
Y si bien la efigie solitaria de María Isabel Granda y Larco atraviesa incólume el tiempo en el paseo bonaerense que desde 1993 lleva su nombre, así como en la Plaza de Chabuca Granda en Madrid —inaugurada en 1994 con un concierto de María Dolores Pradera, Betty Missiego y Nati Mistral—, será en el municipio de La Reina, ubicado en el área metropolitana de Santiago de Chile, donde también la acompañan José Antonio y su corcel. Claro, se trata de una réplica exacta del conjunto monumental barranquino. La única diferencia es que allá jamás atentarían contra quien hizo de su vida una obra de arte.
Como todos los escultores de la zona —Pomabamba, Chacolla, Canchacancha y Chuschi en Ayacucho—, el hombre trabaja sobre alabastro, sedimento de origen volcánico de color blanco traslúcido. También usa piedra checco, granito y laja. Pero lo suyo es el llamado mármol andino. De sus manos brotan animales míticos, caballos y ninfas. También el Cristo Blanco de Acuchimay, que extiende los brazos sobre su pueblo de Carmen Alto. En sulfato de cal también ha perpetuado a José María Arguedas, a Chabuca Granda y a su chalán recientemente decapitado.
Él es Fausto Jaulis Cancho, maestro escultor oriundo de Huamanga que, en gesto insólito, alguna vez edificó un Fujimori sin dueño que los pobladores de la comunidad ayacuchana de Pacaicasa hicieron suyo. Sudaron la gota gorda para estacionar aquellos 360 kilos de bronce en la cima del cerro Tantaorco esperando que el entonces presidente los visite y construya una represa. No ocurrió ni lo uno ni lo otro.