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El artista capitalista, por Santiago Roncagliolo

“El aporte artístico de Andy Warhol fue llevar a las galerías la creatividad de la publicidad”.

Artista capitalista

"La exposición 'Andy Warhol: el arte mecánico', que estos días se puede ver en CaixaFórum de Barcelona, recorre toda su obra" (Ilustración: Giovanni Tazza).

Los grandes artistas de la historia tienen estilos únicos: cualquiera con un poco de interés en la pintura reconoce los dibujos casi infantiles de Miró, las estampas de pesadilla de Dalí, o las mujeres retorcidas de Picasso. Sin embargo, hubo un artista fundamental del siglo XX que no inventó nada propio. Al contrario, robó su estilo de todos los demás. Y no es un comentario despectivo por mi parte. Él estaba orgulloso de ello.

Andy Warhol hizo retratos de Marilyn Monroe, o de Mao. Bueno, ni siquiera los hizo. Solo los tomó de alguna parte y les cambió el color. Algunas de sus piezas más famosas son latas de sopa o cajas de supermercado. Y a pesar de limitarse a reproducir lo que ya había por ahí, no murió pobre e incomprendido. De hecho, vivió rico y rodeado de modelos famosas. Si Van Gogh lo hubiese conocido, se habría cortado la otra oreja.

La exposición “Andy Warhol: el arte mecánico”, que estos días se puede ver en CaixaFórum de Barcelona, recorre toda su obra. Podemos ver los inicios de Warhol como ilustrador de libros y revistas, o como creativo de agencia, e incluso algunas pinturitas juveniles que hizo antes de decidir que su verdadera vocación era... ser creativo de agencia.

Y es que, en sentido estricto, Warhol no era un pintor, sino un diseñador gráfico. Producía en serie, imprimiendo una copia de sus obras para cada nuevo comprador, como si fuesen afiches. Se inspiraba en la fama y el consumo, no en un subconsciente atormentado. Su gran aporte artístico fue llevar a las galerías la creatividad de la publicidad, esa nueva disciplina amamantada por la arrolladora expansión industrial posterior a la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué mérito tiene eso? Pues para bien o para mal, inició la democratización del arte. El día que visité la exposición, llevé a mis hijos pequeños. Previsiblemente, se aburrieron como ostras y repitieron seis veces por minuto que querían largarse de ahí. Hasta que descubrieron fascinados las “nubes”, unos cojines flotantes construidos con una especie de aluminio ultraligero inventado por la NASA. La “nubes” son juguetes futuristas que hasta un niño puede disfrutar.

Incluso si estabas drogado –como estaban muchos consumidores de arte desde los años sesenta–, podías encontrar una experiencia Warhol a tu medida: por ejemplo, las fiestas que organizaba junto a la banda Velvet Underground, en las que diseñaba el sonido, la iluminación y, cómo no, el márketing.

De hecho, lo nuevo no era Warhol, sino el público. Hasta los años sesenta, la pintura había sido propiedad exclusiva del poder: de la Iglesia de la Edad Media, de los ricos en la Edad Moderna, del Partido Comunista en la Unión Soviética. La clase media occidental de la segunda mitad del siglo XX creó la primera masa que compraba casas, comía en restaurantes y apreciaba la belleza. Warhol entendió el pulso de su tiempo, y supo crear pop, el arte para el triunfo del capitalismo. Con él, Estados Unidos terminó de desplazar a Europa como capital de la cultura.

Las consecuencias de ese proceso siguen hasta hoy. En nuestros días, la tecnología digital ha dado un paso más: ya no solo somos consumidores. También somos artistas. Cualquiera con un teléfono produce y edita fotos, películas o canciones, las exhibe en las redes sociales ante espectadores de todo el orbe, y reproduce infinitas copias. Vista desde el siglo XXI, la exposición “Andy Warhol: el arte mecánico” no solo es la semblanza de un genio, sino la foto del minuto en que comenzó el presente.

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