En Europa, unos hackers lograron que las neveras dejaran de enfriar. En Lima, bastó una falla eléctrica para detener la identidad digital. Dos episodios distintos, una pregunta incómoda: ¿quién garantiza la continuidad?
La noticia parece salida de una serie distópica de Netflix: ciberdelincuentes manipularon a distancia los sistemas de refrigeración de supermercados europeos y convirtieron productos frescos en pérdidas económicas. No atacaron una bóveda bancaria ni robaron secretos de Estado. Bastó intervenir el termostato. Una nevera conectada puede ser muy inteligente, pero no necesariamente prudente.
El episodio tiene una explicación menos pintoresca: miles de interfaces de control industrial permanecen accesibles desde Internet, algunas con software desactualizado o protecciones insuficientes. Por ejemplo, según la empresa de seguridad Check Point, España concentra el 8,4% de las interfaces de refrigeración comercial expuestas detectadas mundialmente. Ojo: expuestas no significa hackeadas. Pero sí significa puertas que alguien podría intentar abrir.
¿Debemos entonces desenchufar todo? Por supuesto que no. Hay entusiasmo por el Internet de las Cosas (IoT), esa capacidad de conectar objetos para medir, anticipar y actuar. Sensores que evitan desperdicios alimentarios, medidores que ahorran energía, equipos médicos que alertan a tiempo. Y la innovación ahí consiste en que lo conectado también sea confiable.
Ahora veamos al Perú, con una escena menos cinematográfica, pero igual de reveladora. El lunes, una sobrecarga eléctrica provocó un incendio controlado en la infraestructura del Reniec. Sus servicios quedaron suspendidos durante unas seis horas. No fue, según la información oficial, un ataque informático. Sin embargo, la interrupción alcanzó trámites y verificaciones de entidades que dependen de sus sistemas, incluyendo desde los servicios bancarios hasta la emisión de pasaportes.
La identidad digital es mucho más que un DNI electrónico. Es la infraestructura que permite demostrar quiénes somos y acceder a derechos, servicios y transacciones. Cuando esa pieza se detiene, el efecto dominó recorre un Estado cada vez más interconectado. No basta con proteger datos: hay que garantizar que los sistemas funcionen, incluso cuando algo falla.
Por eso necesitamos una arquitectura redundante, energía de respaldo, pruebas de recuperación, controles de acceso y responsabilidades claras entre proveedores y entidades. También explicaciones públicas oportunas: la confianza no se restablece simplemente reiniciando servidores. Porque la tecnología que simplifica nuestra vida no puede complicarla cuando más la necesitamos.
Europa nos recuerda que cualquier objeto conectado puede convertirse en un riesgo; el Reniec, que también podemos quedarnos desconectados sin hackers de por medio. El desafío peruano no es elegir entre innovación y seguridad, sino dejar de tratarlas como si fueran enemigas. Porque un país digital no debería quedar en pausa por un termostato ni por un cortocircuito.
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