En un mundo donde los algoritmos deciden qué leemos, vemos o escuchamos, los matices se han convertido en una especie en peligro de extinción. Las redes sociales, diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia, premian la contundencia, rapidez y emocionalidad. ¿El resultado? Una conversación pública cada vez más polarizada, donde lo que se pierde es precisamente lo que más necesitamos: la complejidad.
En la lógica del algoritmo, todo debe ser claro, inmediato y emocionalmente impactante. Se privilegia lo que se comparte rápido: frases cortas, opiniones tajantes, certezas inamovibles. Los matices no solo son ignorados, sino penalizados. En ese entorno, la complejidad pierde valor. Nadie tiene tiempo –ni paciencia– para argumentos que reconozcan contradicciones o requieran contexto. La duda se interpreta como debilidad. La honestidad intelectual –esa que admite que un problema puede tener múltiples causas– no genera clics ni viralidad.
Lo más preocupante es cómo esta lógica moldea nuestra forma de pensar. Empezamos a hablar como los algoritmos: sin ambigüedades, sin pausas, sin espacio para el “depende”. Perdemos la capacidad de sostener ideas complejas, de escuchar puntos intermedios, de aceptar que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. La lógica digital aplasta las zonas grises. Y en un mundo que necesita más empatía y menos certezas furiosas, esta tendencia es peligrosa.
Los algoritmos no nos obligan a pensar en extremos, pero sí lo hacen más fácil. Defender los matices requiere esfuerzo, humildad y paciencia. Es detenerse donde todo apura, escuchar donde todo grita y dudar donde todos afirman. Es una forma de resistencia. Porque si todo puede reducirse a un titular, a un tuit, a una indignación del momento, dejamos de pensar y empezamos a reaccionar. Y cuando renunciamos a los matices, no solo perdemos el debate: perdemos nuestra capacidad de comprendernos como seres complejos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.