Max Hernández Camarero en su estudio miraflorino. El lugar más destacado en su biblioteca lo tiene Sigmund Freud. (Foto: Anthony Niño de Guzmán /GEC)
Max Hernández Camarero en su estudio miraflorino. El lugar más destacado en su biblioteca lo tiene Sigmund Freud. (Foto: Anthony Niño de Guzmán /GEC)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Nos advierte que, por oficio, su labor es entender y no juzgar. Pero eso no le impide lanzar una alerta sobre nuestra intolerancia. fue el primer secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional y ve con nostalgia a políticos tratando de pactar.

—Estamos absortos siguiendo procesos a personas poderosas. ¿Debiéramos sentirnos preocupados, satisfechos, vindicados?

En primer lugar, hay que señalar que a este compromiso nacional contra la corrupción hay que darle la bienvenida. Pero también pienso que haber planteado que lo esencial de esta lucha es ‘freír unos cuantos peces gordos’ muestra limitaciones.

—¿Más allá de que los peces gordos sean emblemáticos?

Son emblemáticos, pero una persona es algo más que un mero emblema. Sí creo que esto ha desatado una desconfianza respecto a todas las élites. Grandes políticos y grandes empresarios, las élites de la política y la economía están puestas en la picota. Esto puede tener un valor ejemplarizador, pero ha propiciado, como una consecuencia no deseada, una radical desconfianza en todas las élites, no solo en quienes han cometido delitos. Ha ocurrido algo muy importante: la judicialización de la política que ha hecho que se crea que la lucha política debe dirimirse en los juzgados.

—Eso entraña un canibalismo, la lucha ya no es en las urnas, sino “te meto preso, te friego la vida”.

Exacto. Fui secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional y una de las cosas que intentamos fue sacar la idea de que el adversario es un enemigo al que hay que aniquilar. Esto se ha perdido con la inmensa polarización, que llega a que las fuerzas enfrentadas provoquen una parálisis, como la que se dio entre el Parlamento y el Ejecutivo. [...] La política es una actividad racional, y es emocional. [António] Damásio, el gran neurofisiólogo, habló del ‘error de Descartes’, que dejó la emoción al margen de la razón. Hay una emocionalidad con cauces perfectamente válidos, y otra desbordada que añade leña al fuego.

—Por eso, qué ironía que se dijera que otorongo no come otorongo.

Se ha planteado una dieta en la que otorongo solo come otorongo. A veces hago el ejercicio de pensar qué dirá un historiador de nuestra época. Creo que constataría que toda racionalidad política se comenzó a perder y se crearon situaciones de tormenta perfecta donde cada quien hacía un movimiento que generaba un movimiento en el otro para daño de sí mismo. Estamos empantanados. Espero que lo que ocurra con las elecciones alivie un poco las cosas, pero tendríamos que crear confianza en que estas van a resultar en algo bueno.

—¿Estos procesos explican que acá no haya habido un estallido social como en Chile?

Es posible que haya algo de eso, de haber canalizado el “que se vayan todos” vía la lucha contra la corrupción. Tal vez lo más sagaz hubiera sido el adelanto de elecciones, y en la hubo una satisfacción en quienes impulsaban cambios más radicales. Siento una profunda desorientación, es pronto para sacar conclusiones. Acá se están jugando especificidades. Y, a la vez, está apareciendo con mucha fuerza esta valoración del individuo, gracias a la tecnología, que hace sentir a cada uno que puede estar en el lugar de la élite. Y esto que podría ser maravilloso para la democracia hace sentir a cada cual que su opinión importa. Bonita frase, pero no me importa tu opinión, sino tu derecho a opinar. A tu opinión tengo que calibrarla.

—Esa frase y pregunta que hacen muchos: “¿Por qué tanto odio?” ¿es ingenua, es atendible?

No es ingenua. No sé si llamarlo estrictamente odio, pero es un sentimiento que confina con el odio, una hostilidad hacia el otro que por estar en la posición que creo equivocada, lo descalifico y no solo siento que tengo derecho a marginarlo sino a desaparecerlo.



Hemos transformado las biografías de quienes odiamos en prontuarios o en historias clínicas.

—Quienes hacen la pregunta quizá odian más.

Preguntémoslo todos. Hay una intolerancia de tal magnitud que nadie puede examinar sus propios motivos. Nos volvemos expertos en examinar los supuestos motivos del otro para descalificarlo. Hemos transformado las biografías de quienes odiamos en prontuarios o en historias clínicas.

—Para muchos, la noticia más impactante del año fue el suicidio de . No acabamos de procesarlo, ¿no?

No hemos empezado a procesarlo porque es un hecho de altísimo contenido simbólico. No soy quien pueda develarlo porque excede una mirada superficial. Fue dos veces presidente, hay quienes dicen que hizo un primer gobierno desastroso y uno segundo estupendo, pero los datos de la corrupción eran desbordantes. Otros dicen que nunca se pudo comprobar. Es muy difícil ser neutral. [...] Fue un amigo, muy simpático, pero nunca me dio nada. Comprendió a su manera el Acuerdo Nacional.

—¿Simbólico porque fue presidente o porque además quiso imprimirle él una carga simbólica?

Un suicidio es el acto más íntimo. Le puedes otorgar valor simbólico a tu acto, pero es privatísimo como diría Freud. Habría que entenderlo en su dimensión más profunda. Alan García nace cuando su padre está preso, este no quiere que lo visite para que no se contamine de cárcel. La noción de cárcel era lo más terrible que podía imaginarse. También es cierto que es muy difícil aguantar eso que los americanos llaman ‘character assassination’. Me ha sido muy difícil alegrarme de las desapariciones, ni siquiera cuando murieron Franco y Pinochet, mis bestias negras. [...] Cometí un error grave de muchacho al leer “Los miserables” y me cayó mucho mejor Jean Valjean que Javert [el policía que persigue a Valjean]. Ahora digo, Javert estaba en lo suyo y Valjean había robado pero se había reivindicado. Se me hace difícil estar contento de que señalen a alguien y digan ‘te mando al bote’, o como a [Susana] Villarán, ‘18 meses es poco, mejor 36’. Hay una pasión punitiva, no solo en los fiscales,sino en el país entero. Los psicoanalistas italianos, con siglos de papas y emperadores a cuestas, decían [de casos como estos]: “El problema no es que sean culpables sino que los que se alegran se creen puros”.



(El feminicida) cree que ante su dolor es un acto justiciero. Pero lo hace por la herida en su narcisimo machista.

—Si es Javert, ¿quién puede ser Valjean?

Desde una perspectiva judicial estricta, nadie se salva. Tengo una profesión fregada. Donde los otros juzgan tenemos que entender. Es un momento muy desagradable el que vivimos, pero hay esperanza de que la corrupción se vea como algo que no se puede tolerar. Y que no sea una canalización de venganzas.

Max Hernández. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)
Max Hernández. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)

—Hay un negativismo probado estadísticamente. Muchos dicen que su situación ha mejorado, pero que el país no.

Sí, hay un poco de todo. Este empoderamiento del individuo y el descrédito de la élite, la desconfianza en el colectivo, va en desmedro de una noción del interés general. Me estoy volviendo un escéptico en tantas cosas, pero creo en la democracia, en la capacidad de asimilar y procesar los errores.



El problema no es que sean culpables (los acusados poderosos), sino que los que se alegran se creen puros.

Hemos hablado del suicidio de García y veo aquí poemas ampliados de tu hermano Lucho Hernández. Su biógrafo Rafael Romero pone en duda que se suicidara. ¿Cómo rescatar ahora el espíritu de Lucho?

Hay más de una persona que lo pone en duda [el suicidio]. Lucho siempre fue un solitario subversivo, creía que cada persona valía por sí. Tenía un poema suyo ampliado en mi consultorio: Yo no soy nadie/ para decir que esto se detenga/ pero, de repente/ junto con muchos otros nadies/ haré saber que el ser humano/ no es un mueble.

Esta entrevista se hizo antes de la revelación de los últimos feminicidios. Llamamos a Hernández a pedirle su comentario. Nos dijo: “Son una síntesis siniestra de algo que muchos hombres sienten: el sentido de posesión absoluta de la mujer que alguna vez amamos. Por eso el feminicidio es tan terrible, porque quien lo ejecuta siente que es su derecho; que ante su dolor, es un acto justiciero. Pero en realidad lo hace por la herida en su narcisismo machista. No es el dolor de la pérdida de un ser querido, sino que ese ser le arrebató su orgullo”.