Por Nora Sugobono

Pocas cosas lograban hacernos felices en la infancia tanto como salir del colegio, pasar por una vitrina repleta de dulces y tortas, y elegir nuestro favorito. Era una recompensa extraordinaria por un largo día de estudio, y ese tipo de satisfacción rara vez se puede describir con palabras. Felizmente, no hace falta ser un niño de nuevo para volver a vivirla; tan solo es necesario ceder ante el antojo para regalarnos un momento dulce, sin muchas excusas —y ninguna culpa— en un lugar diseñado y pensado para generar ese tipo de experiencias.

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