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¿Por qué reaccionas así? La respuesta suele estar en un niño interior que pide ayuda
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¿Por qué reaccionas así? La respuesta suele estar en un niño interior que pide ayuda

¿Por qué reaccionas así? La respuesta suele estar en un niño interior que pide ayuda

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Te ha pasado alguna vez que, alguien hace un —ya sea sobre tu o tu desempeño en alguna actividad — y aunque no es una cuestión personal ni hay una mala intención, sientes un nudo en el estómago y una incomodidad desproporcionada que no sabes explicar. O tal vez, frente a una conversación difícil, notas que algo dentro de ti se encoge y te descubres actuando como aquella versión pequeña de ti que prefería evitar el a toda costa.

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Estas reacciones que parecen “exageradas” o “irracionales” desde fuera, en realidad desatan una mucho más profunda que no siempre tiene que ver con nuestro presente, sino con lo que nos pasó hace mucho tiempo atrás. que quedaron sin nombrar, que nadie nos ayudó a procesar y una serie de momentos que se quedaron congelados en nuestro sistema emocional, como si una parte de nosotros nunca hubiera crecido del todo.

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Juan Carlos Fangacio

Y es que, aunque nos cueste aceptarlo, no siempre es nuestro adulto el que responde, en ocasiones es nuestro niño interno quien toma el control.

¿Qué es el niño interior?

El niño interior es un concepto que la utiliza para explicar la parte de la mente que conserva las vivencias, las emociones y las creencias que se formaron en la especialmente entre los 0 y 8 años, cuando el mundo se interpretaba desde una mirada egocéntrica, aseguró Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic a la web de “Somos”.

Por ejemplo, si un adulto era crítico, distante o impredecible, el mensaje interno muchas veces se convertía en “no soy suficiente” o “no soy digno de cariño”. Por eso, esa voz —que en la infancia ayudó a dar sentido a lo que ocurría— puede seguir activa después de décadas y aparecer en forma de inseguridades, reacciones intensas o patrones que parecen repetirse sin explicación lógica.

“Cuando ese niño interior está herido, no se trata solo de recuerdos tristes, sino de creencias y emociones no procesadas que se vuelven parte de la identidad: vergüenza, culpa, miedo al abandono, autoexigencia extrema o necesidad constante de aprobación. Muchas veces, la reacción emocional del adulto es desproporcionada porque quien realmente está respondiendo es ese “yo” infantil que se sintió herido”, expresó la experta.

Sin embargo, la popularidad del término ha llevado a veces a usarlo de manera simplificada o excesiva, subrayó la psicóloga Verónica Carrasco. Cuando esto ocurre, surgen varios malentendidos que pueden distorsionar su verdadero sentido terapéutico. Uno de ellos es la idea de que el niño interior es tan solo una abstracción sin utilidad, cuando en realidad es una forma concreta de entender las necesidades emocionales que siguen vivas en la adultez.

Asimismo, se suele creer que solo quienes han vivido graves “tienen un niño interior herido”, lo que lleva a minimizar las experiencias dolorosas que también dejan marca, aunque no sean extremas. A esto se suma la tendencia a pensar que debemos “controlar” esa parte vulnerable o que este concepto es una especie de “llave mágica” para resolver todos nuestros problemas internos.

“Este tipo de narrativa puede reducir las experiencias complejas en una sola etiqueta, fomentar que algunas personas justifiquen conductas sin asumir responsabilidad y, en algunos casos, perpetuar la sobre el pasado en lugar de impulsar el movimiento hacia el presente. Por eso, es vital abordarlo con una mirada matizada y personalizada, que permita entender que el niño interior no es una excusa ni un diagnóstico, sino una invitación a escuchar con más compasión lo que aún necesita ser atendido”, advirtió la psicóloga.

Las experiencias no resueltas de la infancia no desaparecen: se convierten en formas de relacionarte, de amarte, de defenderte o de temer, aunque no recuerdes de dónde vienen.
Las experiencias no resueltas de la infancia no desaparecen: se convierten en formas de relacionarte, de amarte, de defenderte o de temer, aunque no recuerdes de dónde vienen.

¿Cómo se generan las heridas que seguimos cargando?

Según Albers las heridas infantiles que permanecen activas en la adultez no solo nacen de lo que nos pasó, sino de cómo esas experiencias quedaron grabadas en nuestro mundo emocional. Básicamente, cuando un niño atraviesa situaciones dolorosas—ya sea negligencia, inestabilidad o —y nadie le ayuda a entender lo que siente, esas vivencias no se procesan ni se integran. En lugar de convertirse en un recuerdo que se mira con distancia, se conserva como “verdades absolutas” sobre uno mismo y el mundo.

“El trauma en la infancia puede modificar cómo se desarrolla el la manera en que el cuerpo responde al y las creencias básicas sobre el propio valor, la seguridad y la confiabilidad de los demás. Cuanto más temprano y repetido es el trauma, mayor es la probabilidad de que esas respuestas se “queden atascadas” en el sistema emocional. Por eso, años después, una situación cotidiana puede activar la misma mezcla de miedo, vergüenza o indefensión que se sintió de niño, incluso cuando no recordamos el evento con detalle”, explicó.

No obstante, no todo recuerdo doloroso se convierte en una herida activa. De acuerdo con Antonella Galli, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, una vivencia difícil puede quedarse simplemente como una memoria desagradable que no determina quiénes somos. En cambio, la herida emocional aparece cuando ese recuerdo se revive con tal intensidad que empieza a moldear la personalidad y la manera en que enfrentamos la vida.

Por ejemplo, las suelen recordar con mucho detalle los episodios negativos de su infancia. Cuando un recuerdo se revive con tanta intensidad y provoca un sufrimiento profundo, la persona teme volver a experimentar ese mismo dolor. Es ahí donde aparece el niño interior herido: esa parte emocional que busca evitar a toda costa repetir una experiencia que marcó tanto.

En esta misma línea, Albers afirmó que incluso dos personas con infancias difíciles pueden tener desarrollos emocionales muy distintos porque no solo importa lo que ocurrió, sino la intensidad, la frecuencia, la etapa de desarrollo, la genética, la personalidad, la cultura, el contexto socioeconómico y los recursos disponibles: “La presencia de un adulto protector, un entorno que valida las emociones, oportunidades de reparación o acceso a apoyo psicológico pueden amortiguar enormemente el impacto. En cambio, o sin espacios para expresar lo vivido aumenta la probabilidad de que la culpa, la vergüenza, la baja autoestima o la ansiedad se vuelvan parte del día a día”.

¿Cómo actúa un niño interior herido en la vida adulta?

Ante situaciones muy cotidianas —una crítica, un mensaje sin respuesta o un conflicto menor— pueden activar respuestas intensas que no corresponden al presente, sino a memorias profundas vinculadas al rechazo, al abandono o a la sensación de no ser suficiente. En esos momentos, el adulto queda en segundo plano, y quien toma el mando es la parte herida que solo busca sobrevivir.

Según Albers y Carrasco, esa activación puede verse reflejada en comportamientos como:

  • Emociones muy intensas, rápidas y difíciles de regular.
  • Explosiones de ira o llanto desproporcionado ante situaciones menores.
  • Bloqueo, huida o evitación ante cualquier conflicto.
  • Necesidad de complacer para sentirse seguro.
  • Autoexigencia extrema para no fallar ni decepcionar.
  • Pensamientos rígidos o de “todo o nada”.
  • Catastrofismo ante ambigüedades (como asumir que un silencio significa rechazo).
  • Búsqueda constante de aprobación externa.
  • Reacciones defensivas ante críticas.
  • Dificultad para poner límites sin culpa.
  • Síntomas físicos intensos frente a situaciones emocionales menores.
  • Descuido de necesidades básicas para cumplir expectativas.
  • o expectativas poco realistas en las relaciones.

Por ejemplo, en el ámbito laboral, este niño herido también se hace presente. Puede mostrarse como miedo a equivocarse, bajo rendimiento por , reacciones desproporcionadas ante una crítica o dificultad para relacionarse con colegas. La , la búsqueda constante de aprobación del jefe, la autoexigencia extrema y la incapacidad de poner límites son, con frecuencia, huellas emocionales de la infancia que siguen operando en el presente. Lo que parece l” a veces es, en realidad, una historia emocional no resuelta.

Es importante tener en cuenta que, cuando llegan grandes cambios en la vida adulta —mudanzas, /, rupturas, pérdidas, enfermedades o crisis laborales— estas heridas infantiles pueden reactivarse con más fuerza porque suelen tocar temas de seguridad, pertenencia y valor personal, refirió Susan Albers.

Cuando tu niño interior aparece, no intenta arruinar nada; intenta cuidarte con herramientas antiguas, las mismas que necesitaste para sobrevivir años atrás.
Cuando tu niño interior aparece, no intenta arruinar nada; intenta cuidarte con herramientas antiguas, las mismas que necesitaste para sobrevivir años atrás.

“El sistema emocional reconoce ciertos elementos (incertidumbre, separación o sensación de pérdida) y “busca” experiencias previas similares, incluso si no las recuerdas con claridad. Así, una separación de pareja puede despertar dolores de abandono antiguos o una crisis económica puede detonar miedos vinculados a la infancia. Por eso, si esas experiencias no se han trabajado, el estrés del cambio puede aumentar los disparadores emocionales, la reaparición de síntomas de ansiedad o depresión y la repetición de patrones familiares que se querían evitar”.

¿Cómo influye nuestro niño interior en la forma en que amamos?

De acuerdo con Verónica Carrasco, un niño interior herido puede influir significativamente en la manera en que elegimos pareja y en cómo expresamos el. Algunos patrones y dinámicas que pueden surgir de esas heridas infantiles son:

  • Elección de pareja basada en patrones familiares: Las personas a menudo eligen parejas que replican dinámicas familiares o patrones de relación que vivieron en la infancia.
  • Búsqueda de validación: Aquellos con un niño interior herido pueden buscar parejas que proporcionen la atención y validación que les faltó en su niñez.
  • Miedo al rechazo y la intimidad: Si una persona experimentó abandono o rechazo en su infancia, puede tener miedo a la intimidad y mantener a los demás a distancia.
  • Repetición de dinámicas de control: Un niño interior herido puede llevar a adoptar comportamientos de control o sumisión en relaciones.
  • Idealización y desilusión: Las personas con un niño interior herido pueden idealizar a sus parejas al principio, buscando en ellas la felicidad que no experimentaron en la infancia.
  • Dificultad para expresar necesidades: A quienes les falta un sentido de valía debido a experiencias infantiles pueden tener problemas para expresar sus propias necesidades en una relación, llevando a resentimientos y expectativas no cumplidas.
  • Reacciones emocionales intensas: Las heridas emocionales no procesadas pueden traducirse en reacciones desproporcionadas ante situaciones de conflicto o estrés en la relación, como ansiedad, ira o tristeza. Esto puede afectar la comunicación y la conexión emocional.
  • Proyección de heridas pasadas: Personas con un niño interior herido pueden proyectar sus propias inseguridades y heridas pasadas en su pareja, criticando o acusando de manera que refleja sus propias experiencias infantiles, lo que puede llevar a malentendidos y conflictos.
  • Tendencia a evitar relaciones: Algunas personas pueden evitar compromisos significativos por miedo a volver a ser heridos, lo cual puede limitar sus oportunidades de amor y conexión genuina.

Sin embargo, cuando dos personas con niños interiores heridos se relacionan entre sí, pueden experimentar dinámicas que oscilan entre la potenciación de sus heridas y la oportunidad de sanación mutua. Por un lado, sus heridas no resueltas pueden activar reacciones emocionales intensas, llevando a malentendidos, conflictos y patrones disfuncionales que replican experiencias de la infancia.

Mientras que, si ambos están dispuestos a trabajar en su sanación, pueden desarrollar una comprensión y más profundas hacia las luchas del otro, creando un espacio seguro para la vulnerabilidad y apoyándose mutuamente en el proceso de sanación.

Por eso, como destacó la psicóloga, la comunicación abierta y honesta sobre sus emociones y necesidades es crucial para fomentar un ambiente de confianza que facilite el crecimiento emocional y la resolución de conflictos.

¿Sanar o solo gestionar al niño interior?

Decidir entre “sanar” o “gestionar” al interior no es en realidad una disyuntiva, sino dos procesos complementarios y esenciales para el . Como recalcó Susan Albers, sanar implica ir al origen: revisar las experiencias que dieron forma a nuestras creencias más profundas, darles contexto y reconstruir una respuesta interna nueva, más compasiva y realista.

El proceso no implica borrar el pasado, sino aprender a escucharte, acompañarte y construir respuestas nuevas que ya no dependan del miedo o la carencia.
El proceso no implica borrar el pasado, sino aprender a escucharte, acompañarte y construir respuestas nuevas que ya no dependan del miedo o la carencia.

“Es un trabajo profundo de “reparentalización”: ofrecer desde tu yo adulto el cuidado emocional, la validación y los límites que no siempre estuvieron disponibles de niño. Esto incluye revisar experiencias pasadas, identificar los mensajes que se internalizaron (“no valgo” o “estoy solo”), cuestionarlos y reemplazarlos por una narrativa más sana sobre quién eres”.

Gestionar o integrar al niño interior, en cambio, tiene que ver con el día a día. Es reconocer cuándo esa parte herida se activa, identificar qué la dispara, notar cómo se siente en el cuerpo y responder desde la regulación emocional en vez de dejar que tome el volante. La integración se nota cuando puedes decirte: “esta reacción viene de una parte mía que todavía duele”, pero aun así actuar desde tu versión adulta, guiado por tus valores presentes. En otras palabras, uno repara las heridas, el otro te ayuda a convivir con lo ya transformado.

Y cuando estas partes empiezan a sanar, también cambia la forma en que nos contamos nuestra propia historia. “La narrativa personal pasa de una mirada centrada en la carencia o la victimización a una mirada de resiliencia y empoderamiento. Las experiencias dolorosas dejan de verse como pruebas de que “algo estaba mal contigo” y comienzan a integrarse como capítulos que aportaron aprendizaje, fortaleza y matices a tu identidad. La autoestima se fortalece, la se vuelve más accesible y las relaciones se viven desde mayor autenticidad”, señaló Carrasco.

Algunas prácticas para empezar a sanar

Evita los errores que frenan la sanación

Antes de construir algo nuevo, necesitamos dejar de repetir lo que nos lastima:

  • No minimices o invalides tus propias emociones y experiencias.
  • Deja de autocriticarte, ya que no necesitas “sanar rápido” ni hacerlo “todo perfecto”.
  • Renuncia a las soluciones rápidas, pues la sanación no es lineal ni inmediata.
  • Permítete ser vulnerable, ya que abrirte es una parte natural del proceso.
  • Ajusta tus expectativas: sanar no es dejar de sentir, sino aprender a manejar lo que sientes desde el adulto.

Identifica cuándo reaccionas desde tu niño interior

Sanar requiere reconocer en qué momentos el niño interior herido toma el control. A veces aparece en un enojo desmedido, en un miedo irracional o en un impulso de complacer. Como nos recuerda la psicóloga Carrasco, notarlo es el primer paso para cambiar la respuesta.

  • Diario de emociones: Lleva un diario en el que anotes situaciones que te generen reacciones emocionales intensas. Describe la situación, tu reacción y cómo te sentiste. Con el tiempo, busca patrones y conexiones con experiencias pasadas que puedan haber influido en esa reacción.
  • Reflexiona sobre la situación: Cuando sientas una reacción emocional fuerte, tómate un momento para reflexionar sobre lo que está sucediendo. Pregúntate, ¿Qué situación específica me ha hecho sentir así?, ¿Este sentimiento me recuerda a una experiencia de mi infancia?, ¿Hay un patrón de comportamiento que reconozco de mi infancia?
  • Tu vida a través de la línea del tiempo: Crea una línea del tiempo de eventos significativos en tu vida, marcando tanto experiencias positivas como negativas. Revisa si hay experiencias de la infancia que conecten con emociones o reacciones actuales.
  • Visualización del niño interior: En un estado de relajación, visualiza a tu niño interior. Pregúntale cómo se siente en relación con las situaciones que te generan reacciones emocionales. Esto puede ayudarte a identificar conexiones entre cómo te sientes como adulto y cómo podría haber sido tu experiencia emocional durante la infancia.
  • Prácticas de mindfulness: Practica la atención plena () para desarrollar una mayor conciencia de tus pensamientos y emociones en el momento presente. Cuando sientas una reacción fuerte, observa tus pensamientos y emociones sin juzgarlos.
  • Consulta de un profesional: Considera principalmente la posibilidad de trabajar con un psicoterapeuta que te ayude en el trabajo con tu niño interior, para explorar y sanar esas heridas.

Reparentalizarte con acciones concretas

Reparentalizarse no es repetirse frases motivacionales, sino demostrar con hechos que hoy sí hay un adulto que puede cuidar de ti. Como resaltó Albers, es vivir de una forma que le transmita seguridad a esa parte que antes se sintió desprotegida.

  • Cuida lo básico: duerme, come a tus horas, hidratarte y organiza tus rutinas.
  • Pon límites: decir “no” cuando algo te sobrepasa o invade.
  • Pide ayuda cuando la necesitas.
  • Practica la autoescucha y autocompasión (“Tiene sentido que esto me duela”).
  • Escríbele una carta a tu yo niño.
  • Retoma actividades creativas o lúdicas que conecten con esa parte infantil.
  • Responde distinto a los disparadores: valida primero, actua después.

Involucra al cuerpo

El cuerpo tiene un papel central en la sanación porque el trauma y las heridas infantiles no solo viven en los pensamientos, sino también en sensaciones físicas: tensión muscular, problemas digestivos, insomnio, dolor de cabeza y cambios respiratorios. Sanar implica enseñarle al sistema nervioso que ya no está en peligro.

  • Practica respiraciones profundas para bajar la activación.
  • Haz escaneos corporales diarios para detectar dónde se aloja la tensión.
  • Incorpora movimiento consciente: estiramientos, yoga suave o camina con presencia.
  • Escucha los síntomas físicos como señales emocionales, no como fallas.

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